Una fila de voluntarios espera en
el Palau de les Arts i les Ciències a ser trasladada a los pueblos afectados
por la DANA. Hoy se dirigen a Paiporta, la zona cero del desastre. Con el puente de la Constitución se espera el
mismo desbordamiento de personas que hace un mes se dirigía al lugar de la
catástrofe, sin embargo, la fotografía, a 8 de diciembre, es totalmente
distinta a la de los primeros días. “Espero que no quiten autobuses por falta
de personal, como ha ocurrido las últimas semanas. Venimos de distintos pueblos.
No pueden hacernos esto”, expresa indignado Tonet, uno de los voluntarios que,
junto con su madre y su hermano, ya es la tercera vez que acude desde Sella a
Valencia a quitar barro.
Las ayudas no escasean. No solo faltan
manos para retirar escombros y limpiar sótanos y garajes. La presencia de
aquellas personas vestidas con EPI y cargadas con palas y cepillos supone un apoyo psicológico
para los vecinos de la localidad valenciana. “Lo que veréis allí es sobrecogedor.
La gente, además de que se le ayude con la limpieza de su casa, necesita que se
la escuche”, explica una de las organizadoras de la Plataforma de Voluntariat
de la Comunitat Valenciana a los asistentes.
Aunque en Paiporta puede verse un
cierto control de la situación por parte de los equipos de emergencias, existen
zonas donde el barro todavía se acumula y la ayuda de los voluntarios es
imprescindible si se quiere volver a la más cercana normalidad previa a la de aquel
fatídico 29 de octubre. Los ayudantes esperan recibir información de la
corporación local sobre los domicilios que requieren de más apoyo. Joan, sanitario y miembro de la organización
de voluntariado, considera que existe una falta de coordinación entre el
Ayuntamiento y la plataforma. “No entiendo cómo, a un mes del desastre, todavía
no han sido capaces de crear un mapeo de las zonas a las que puede acceder el
voluntariado”.
El profesional, tras largos
minutos de espera, recibe la información por WhatsApp con las
indicaciones. “Calle Iglesia, vaciado de enseres en almacén”, dice a los
voluntarios. Dirigirse a un lugar en
concreto ayuda a hacerse una imagen de todo lo sucedido. Las calles son un
constante ir y venir de gente ocupada, bomberos, policías y militares. Todavía se
percibe en los ojos de los vecinos el cansancio y la resignación propias de
alguien que lo ha perdido todo. Ni qué decir de los que poseían un pequeño comercio.
Junto con la ayuda de algunos voluntarios,
intentan sacar el poco mobiliario que queda en sus establecimientos, ahora precintados
y en los que todavía puede verse la marca de humedad en las paredes que evidencia
el nivel al que llegó el agua.
¿Cuánto tiempo hará falta para
que vuelvan a la normalidad?
“Aquí muchos no van a volver a su vida normal.
¿Crees que el dueño de esa peluquería va a ser el mismo de antes después de
esto? ¿O esa señora de la frutería?
¿O el de aquel bar?” expresa Joan mientras acompaña a los voluntarios a la
Plaza Blasco Ibáñez, uno de los puntos donde se canalizan los materiales y el
avituallamiento.
En el ateneo musical de Paiporta la
World Central Kitchen ofrece comida caliente tanto a voluntarios como a
vecinos. Se sitúa en las inmediaciones del barranco del Poyo, convertido ahora en
un gran solar después de que el agua rompiese todas las terrazas y canales. Un
árbol de navidad ha crecido a la orilla del puente que lo cruza. Varios vecinos
se sientan alrededor mientras buscan tregua en los rayos de sol.
Los voluntarios se dirigen a la
calle indicada. En uno de los domicilios vacían una montaña de bártulos de un
pequeño almacén subterráneo que el agua y el barro cubrieron. Las llamadas al móvil de Joan
son constantes. Debe marcharse a atender a otro de los grupos que trabaja en
labores de limpieza. “Me tengo que
marchar. Si necesitáis alguna pala, cepillo o material no tengáis reparo en
pedirlo en cualquier casa o establecimiento, que os la darán”.
Jose, uno de los voluntarios dice
que tiempo atrás vivió en Paiporta antes de mudarse a Segorbe. Es agente medioambiental, y ha invertido su
día libre en ayudar a sus antiguos vecinos. Los voluntarios confían en él como
guía que les oriente entre tanto caos. Seguidos
por su conocimiento del callejero, el equipo llega hasta la plaza de la iglesia.
En uno de los edificios colindantes, dos voluntarias ajenas al grupo limpian
con una manguera las sillas de Manuel y Amparo, un matrimonio que, desde el
desastre, lleva reacondicionando la planta baja de su edificio incansablemente.
El equipo se ofrece a echarles una mano. La riada dejó inutilizados los contadores
eléctricos, por lo que solo pueden guiarse por la débil luz de unos frontales
que apenas dejan ver el suelo embarrado. El matrimonio ha perdido parte de los
muebles que guardaban en aquel almacén, ahora convertido en una oscura caverna. Los voluntarios forman
una cadena humana y sacan el poco barro que queda.
Pronto Amparo llega con una caja
con comida. En una mesa que han liberado de barro y bajo un cálido sol, los
voluntarios comparten la hora de la comida con la familia. Escuchan con detalle todo lo que vivieron
aquel día.
“Todo era una anarquía. Un montón
de chavales se llevaban los paquetes de tabaco que el agua había sacado de ese
estanco de ahí (señala el establecimiento que hay en la plaza). Llamabas a la
poca policía que había y no te hacían caso. Estaban ocupados buscando
“colibrís””, explica la mujer. Los
padres son cautelosos en todo momento con las palabras que emplean en su día a
día, para que sus hijos puedan sobrellevar todo lo sucedido. Prefieren hablar
de “colibrís” en vez “fallecidos” a fin de que esa fea palabra se borre de la
memoria de los chicos.
“Ellos lo llevan mejor que
nosotros, aunque el mayor todavía recibe apoyo psicológico. Menos mal que,
después de que la riada destruyese el colegio, han retomado las clases en un
centro de Picassent. Ahora se los ve más contentos”, expresa Manuel.
De vez en cuando, los niños
interrumpen la tertulia llamando la atención de sus padres. Tienen ganas de que
llegue la navidad.
“La semana pasada varios niños del barrio
estuvieron decorando la plaza con un árbol de navidad y se lo pasaron en
grande. Por lo menos así se olvidan un poco de todo lo sucedido”, dice Amparo.
El enorme letrero del pueblo que
el agua derribó se encuentra apuntalado, muestra de que Paiporta no se rinde.
Junto a él, un arbolito de navidad se apoya en aquel armatoste de metal
oxidado. “No sabemos cuánto va a durar esta situación, pero esperemos que al
menos con la navidad podamos olvidarnos de todo esto”, dice Manuel. Los voluntarios se despiden con un abrazo de
Manuel y Amparo. El bus los espera para traerlos de vuelta.
Durante el traslado por la carretera que une
Valencia con las zonas afectadas se pueden ver los polígonos industriales
cubiertos por un manto de barro seco, por el que asoman montañas de coches
apilados y escombros. El viaje de vuelta va dibujando en las mentes de los
ayudantes una idea del mucho trabajo que todavía falta por hacer. ¿Cuándo se
mantendrá esta situación? Todavía es un interrogante que nadie sabe responder.







