martes, 23 de abril de 2013

Los amigos del “Cutre”

"El Cutre" es un lugar de encuentro para los jóvenes alternativos ilicitanos. Así es como llaman a un recoveco situado junto a la entrada del Parque Municipal de Elche. El sitio recuerda a uno de esos escenarios pintados por Botticelli, en los que una Venus pudorosa esconde su fruto más sagrado y tres Gracias bailan al unísono, enredadas por la Madre Naturaleza.

Allí, los chavales se tumban en el césped y gastan su tiempo de juventud bebiendo batidos y tinto de verano, zampando comida basura, fumando —de vez en cuando, el olor a marihuana puede cruzarse entre los sentidos de un viandante que pasa por allí— o haciendo piruetas casi profesionales con sus monopatines. Sus vestimentas rompen con el atuendo convencional de los paseantes: camisetas negras de grupos como Misfits o Cannibal Corpse, pantalones pitillo o bermudas a cuadros. Algunos optan por lucir una melena; otros se atreven con cortes sofisticados, combinando cresta y tinte.

Todos se conocen. Por eso, siempre encuentran algún amigo con quien conversar sobre ligues, drogas, política o música. Permanecen allí como si se tratara de uno de esos asentamientos indios que aparecen en las películas de John Ford. Una chica solitaria apoya su espalda en una palmera mientras bebe su batido de chocolate. A su lado, una pareja muestra lo mucho que se ama y un corro de jóvenes se sienta en el suelo, apoyado en una pared cubierta de hiedra. Comparten los últimos calos de un canuto. Como niños, disfrutan de su tiempo libre, ahora que las vacaciones de verano lo permiten.

Pronto se forma otro grupo. Al llegar, cada uno realiza su saludo pactado: un choque de manos y nudillos, seguido de un fuerte abrazo y una palmada en la espalda.

—¿Qué haces, mierda? —dice Arturo cariñosamente a su camarada Cristian.

Arturo estudia un módulo de administración de empresas. Su mayor pasión es la música, una afición que satisface tocando el bajo en distintos conjuntos musicales. Después del amistoso ritual de bienvenida, forman un círculo y se miran impasibles.

—Bueno, ¿y ahora qué hacemos? —dice Cristian.

—Pues no lo sé... ¿Alguien tiene un cigarro?

Todos niegan.

Cristian dice tener diez céntimos, pero la pequeña recaudación no da ni para medio pito.

—Joder, me lo he gastado todo en las putas patatas —apunta.

A continuación, llega David. Es tatuador. Muchos de los jóvenes que frecuentan el Cutre han pasado por sus manos. Él también dice haberse pulido la manteca comprando una litrona en un 24 horas. El calor húmedo de una tarde de verano ilicitano la ha convertido en puro orín de gato. Cuando llega al Cutre, tiene los ojos entreabiertos y la boca pastosa.

—Venga, vamos a pedir tabaco a alguien —propone Pablo.

Los chavales preguntan a algún conocido del Cutre por un cigarro, pero todos están igual: sin dinero, sin tabaco y sin saldo en el móvil.

Al no encontrar lo que buscan, deciden adentrarse en la frondosidad del Parque Municipal. Se rifan el turno para pedir el ansiado cigarrillo. Aprovechan la tesitura para ligar con las chicas que pasean por el jardín, una misión que la mayoría de veces acaba en fracaso. Lo habitual es que se queden sin su dosis y sin el número de la joven.

La travesía recorre todo el parque. Se detienen en un punto donde encuentran a otro colega en bicicleta.

—Voy para casa —dice—. Acabo de estar en la de Javi echando una partida a la Play. ¿Vosotros qué hacéis?

—Estamos buscando un cigarro.

—Putos acabados... —dice mientras dobla el manillar para marcharse—. Bueno, me voy. Ya nos vemos.

Los chavales miran la estela de polvo que deja su amigo y continúan con su aventura. Se detienen en un estanque de patos. Las aguas son verdes y no hay ni rastro de ningún ánade. Siguen su peregrinación. Ahora bajan por las terrazas fluviales del río Vinalopó. El lugar está lleno de jóvenes sentados en bancos. En cada grupo se cuentan distintas historias: tres jóvenes de estética rastafari observan a un cuarto tocando la guitarra, dos chicas hablan sobre un tal Carlos y otros practican parkour, un deporte urbano que consiste en sortear obstáculos por la ciudad.

Arturo frena al grupo.

—Un momento, ¿qué coño hacemos aquí? ¿Vamos a dar vueltas por todo el parque?

Todos ríen.

—Volvamos al Cutre —dice David.

Dan un rodeo por el jardín municipal y se topan con dos chicas.

—Perdonad, ¿tenéis un cigarro? —pregunta el de la cogorza de cerveza calentorra.

Las chicas siguen andando sin mirarlos. Los han escuchado, pero hacen oídos sordos porque conocen de sobra sus intenciones de ligar.

Los muchachos, tras reiterados fracasos en la consecución de su vicioso premio, deciden cambiar de rumbo y dirigirse a un lugar con más movimiento. La Plaza de Santa María les parece adecuada.

Allí, bajo los arcos de un edificio, se sientan y dejan que se consuma lo poco que queda de tarde. Los skaters grindan y sacuden sus monopatines contra el suelo. Las chicas, con sus falditas cortas, pasean delante de ellos dejando un dulce reguero a perfume. Las terrazas de los bares aguardan a turistas ingleses atraídos por el reclamo de la caña y tapa, mientras un grupo de niños dispara un balón con fuerza contra los robustos muros de la Basílica de Santa María.

Los muchachos contemplan, como gorriones, el escenario urbano bajo la sombría techumbre del edificio.

—Esto es lo que muchas veces solemos hacer —dice Arturo.

Permanecen en silencio, mirando hacia la plaza, salvo David y Pablo, que discuten sobre cine.

—Pues hay niños que no entienden la película de Wall·E… tiene un trasfondo —expresa David.

Pablo toca el bolsillo más pequeño de su mochila.

—¡Ostras, no me había dado cuenta! Tengo tabaco de liar aquí.

Estos reprenden a su compadre. Lían uno y lo comparten. Ya se encienden las farolas de la plaza: es el aviso de que la tarde llega a su fin. Han conseguido arreglar lo poco que quedaba de ella. Objetivo conseguido.