martes, 24 de diciembre de 2024

DANA Valencia. Jornada de voluntariado en el puente de la Constitución

 

Una fila de voluntarios espera en el Palau de les Arts i les Ciències a ser trasladada a los pueblos afectados por la DANA. Hoy se dirigen a Paiporta, la zona cero del desastre.  Con el puente de la Constitución se espera el mismo desbordamiento de personas que hace un mes se dirigía al lugar de la catástrofe, sin embargo, la fotografía, a 8 de diciembre, es totalmente distinta a la de los primeros días. “Espero que no quiten autobuses por falta de personal, como ha ocurrido las últimas semanas. Venimos de distintos pueblos. No pueden hacernos esto”, expresa indignado Tonet, uno de los voluntarios que, junto con su madre y su hermano, ya es la tercera vez que acude desde Sella a Valencia a quitar barro.

Las ayudas no escasean. No solo faltan manos para retirar escombros y limpiar sótanos y garajes. La presencia de aquellas personas vestidas con EPI y cargadas con palas y cepillos supone un apoyo psicológico para los vecinos de la localidad valenciana. “Lo que veréis allí es sobrecogedor. La gente, además de que se le ayude con la limpieza de su casa, necesita que se la escuche”, explica una de las organizadoras de la Plataforma de Voluntariat de la Comunitat Valenciana a los asistentes.

Aunque en Paiporta puede verse un cierto control de la situación por parte de los equipos de emergencias, existen zonas donde el barro todavía se acumula y la ayuda de los voluntarios es imprescindible si se quiere volver a la más cercana normalidad previa a la de aquel fatídico 29 de octubre. Los ayudantes esperan recibir información de la corporación local sobre los domicilios que requieren de más apoyo.  Joan, sanitario y miembro de la organización de voluntariado, considera que existe una falta de coordinación entre el Ayuntamiento y la plataforma. “No entiendo cómo, a un mes del desastre, todavía no han sido capaces de crear un mapeo de las zonas a las que puede acceder el voluntariado”.

El profesional, tras largos minutos de espera, recibe la información por WhatsApp con las indicaciones. “Calle Iglesia, vaciado de enseres en almacén”, dice a los voluntarios.  Dirigirse a un lugar en concreto ayuda a hacerse una imagen de todo lo sucedido. Las calles son un constante ir y venir de gente ocupada, bomberos, policías y militares. Todavía se percibe en los ojos de los vecinos el cansancio y la resignación propias de alguien que lo ha perdido todo. Ni qué decir de los que poseían un pequeño comercio.  Junto con la ayuda de algunos voluntarios, intentan sacar el poco mobiliario que queda en sus establecimientos, ahora precintados y en los que todavía puede verse la marca de humedad en las paredes que evidencia el nivel al que llegó el agua.

¿Cuánto tiempo hará falta para que vuelvan a la normalidad?

 “Aquí muchos no van a volver a su vida normal. ¿Crees que el dueño de esa peluquería va a ser el mismo de antes después de esto? ¿O esa señora de la frutería? ¿O el de aquel bar?” expresa Joan mientras acompaña a los voluntarios a la Plaza Blasco Ibáñez, uno de los puntos donde se canalizan los materiales y el avituallamiento.

En el ateneo musical de Paiporta la World Central Kitchen ofrece comida caliente tanto a voluntarios como a vecinos. Se sitúa en las inmediaciones del barranco del Poyo, convertido ahora en un gran solar después de que el agua rompiese todas las terrazas y canales. Un árbol de navidad ha crecido a la orilla del puente que lo cruza. Varios vecinos se sientan alrededor mientras buscan tregua en los rayos de sol.



Los voluntarios se dirigen a la calle indicada. En uno de los domicilios vacían una montaña de bártulos de un pequeño almacén subterráneo que el agua y el barro cubrieron. Las llamadas al móvil de Joan son constantes. Debe marcharse a atender a otro de los grupos que trabaja en labores de limpieza.  “Me tengo que marchar. Si necesitáis alguna pala, cepillo o material no tengáis reparo en pedirlo en cualquier casa o establecimiento, que os la darán”.

Jose, uno de los voluntarios dice que tiempo atrás vivió en Paiporta antes de mudarse a Segorbe.  Es agente medioambiental, y ha invertido su día libre en ayudar a sus antiguos vecinos. Los voluntarios confían en él como guía que les oriente entre tanto caos.  Seguidos por su conocimiento del callejero, el equipo llega hasta la plaza de la iglesia. En uno de los edificios colindantes, dos voluntarias ajenas al grupo limpian con una manguera las sillas de Manuel y Amparo, un matrimonio que, desde el desastre, lleva reacondicionando la planta baja de su edificio incansablemente. El equipo se ofrece a echarles una mano.  La riada dejó inutilizados los contadores eléctricos, por lo que solo pueden guiarse por la débil luz de unos frontales que apenas dejan ver el suelo embarrado. El matrimonio ha perdido parte de los muebles que guardaban en aquel almacén, ahora convertido en una oscura caverna. Los voluntarios forman una cadena humana y sacan el poco barro que queda.



Pronto Amparo llega con una caja con comida. En una mesa que han liberado de barro y bajo un cálido sol, los voluntarios comparten la hora de la comida con la familia.   Escuchan con detalle todo lo que vivieron aquel día.

“Todo era una anarquía. Un montón de chavales se llevaban los paquetes de tabaco que el agua había sacado de ese estanco de ahí (señala el establecimiento que hay en la plaza). Llamabas a la poca policía que había y no te hacían caso. Estaban ocupados buscando “colibrís””, explica la mujer.  Los padres son cautelosos en todo momento con las palabras que emplean en su día a día, para que sus hijos puedan sobrellevar todo lo sucedido. Prefieren hablar de “colibrís” en vez “fallecidos” a fin de que esa fea palabra se borre de la memoria de los chicos.

“Ellos lo llevan mejor que nosotros, aunque el mayor todavía recibe apoyo psicológico. Menos mal que, después de que la riada destruyese el colegio, han retomado las clases en un centro de Picassent. Ahora se los ve más contentos”, expresa Manuel.

De vez en cuando, los niños interrumpen la tertulia llamando la atención de sus padres. Tienen ganas de que llegue la navidad.

 “La semana pasada varios niños del barrio estuvieron decorando la plaza con un árbol de navidad y se lo pasaron en grande. Por lo menos así se olvidan un poco de todo lo sucedido”, dice Amparo.

El enorme letrero del pueblo que el agua derribó se encuentra apuntalado, muestra de que Paiporta no se rinde. Junto a él, un arbolito de navidad se apoya en aquel armatoste de metal oxidado. “No sabemos cuánto va a durar esta situación, pero esperemos que al menos con la navidad podamos olvidarnos de todo esto”, dice Manuel.  Los voluntarios se despiden con un abrazo de Manuel y Amparo. El bus los espera para traerlos de vuelta.

 Durante el traslado por la carretera que une Valencia con las zonas afectadas se pueden ver los polígonos industriales cubiertos por un manto de barro seco, por el que asoman montañas de coches apilados y escombros. El viaje de vuelta va dibujando en las mentes de los ayudantes una idea del mucho trabajo que todavía falta por hacer. ¿Cuándo se mantendrá esta situación? Todavía es un interrogante que nadie sabe responder.