La búsqueda de una conexión espiritual ha llevado a cerca de 200 personas a apuntarse a un evento celebrado en la playa de l’Altet, en Elche. Lo organiza la Comunidad Mayne, un colectivo que suele reunir a personas de distintos lugares con el objetivo de realizar ejercicios de relajación, yoga, regresiones al útero materno y chi kung para, finalmente, formar un gran mandala humano sobre aquel inmenso arenal.
Allí uno no se encuentra con el estereotípico atrezzo de la cultura new age: maestros tibetanos con túnicas milenaristas, collares o piedras místicas. Sorprendentemente, quienes participan visten chándales de Quechua, mallas de running y gafas Ray-Ban. En otras palabras, una estética más propia de un domingo cualquiera que de un retiro espiritual.
Hablamos con los asistentes y comprobamos que ninguno de ellos conoce en profundidad las artes orientales. «Hemos venido a hacer algo diferente para pasar el día», cuenta Isabel, una de las participantes. Jesús, por su parte, explica que su intención es conocer gente y encontrar algo de «energía positiva». Es la primera vez que participa en una actividad de este tipo. No sabe muy bien qué puede encontrar durante la jornada. Ha venido, como él mismo dice, «a dejarse llevar».
«Con una sola sesión realmente se puede hacer poco. Para que la gente pueda tener experiencias, necesita venir de forma continuada. Normalmente, quienes llegan hasta aquí lo hacen porque están hartos de todo y necesitan desconectar», explica Enrique García, maestro de yoga y uno de los organizadores del evento.
La jornada comienza con unos ejercicios de relajación. El maestro hace sonar un gong y entona uno de esos cantos tibetanos. Los participantes forman un círculo y cierran los ojos.
—Imaginad que bajo nuestros pies hay una enorme raíz de luz que nos une y que todos formamos el mismo árbol —dice Enrique dirigiéndose al grupo.
La gente se deja llevar por el sonido de los cuencos tibetanos, el gong y los cantos chamánicos. En sus rostros se aprecia una expresión compartida de serenidad y bienestar. Acto seguido, de forma organizada, forman un mandala humano con el propósito de enviar un mensaje al cielo.
—Ha quedado escrita en el cielo la palabra «unión» —dice Enrique como colofón de la sesión.
Todos rompen en aplausos. No puedo evitar fijarme en la sonrisa profundamente emocionada de una de las alumnas.
—¿Qué has sentido? —le pregunto.
—En estos momentos no quiero contar lo que he sentido.
La mujer permanece tan ensimismada que prefiere no dar ninguna explicación.