Antes de las elecciones, J. S. decidió influir en la sociedad. ¿Con un discurso previo a la jornada de reflexión? En absoluto. No era propio de su estilo. Lo hizo con lo que tenía: donando toda la recaudación que había conseguido tras horas de espera pidiendo caridad a la Asociación Española Contra el Cáncer.
Es 20 de diciembre y el país decide su futuro en unas elecciones generales muy disputadas. Por la ciudad se percibe la alegría de la gente que, en familia, vestida con traje o con prendas del color del partido al que va a votar, se dirige a su colegio electoral. En las conversaciones se respira la incertidumbre por conocer qué ocurrirá después de los comicios. Sin embargo, como si nada de aquello fuera con él, permanece J., el protagonista de aquella noticia, sentado en la escalinata de la plaza de Santa Lucía de Elche. Mira al frente. Impasible.
—Disculpe, ¿fue usted quien donó toda su recaudación a la Asociación Contra el Cáncer?
—Sí. Pero ¿cómo sabe eso?
—Bueno, su gesto solidario ha salido en la prensa.
—¿Ha salido en la prensa? Vaya, no lo sabía.
J. es de Elche. Hace al menos veinte años que su vida dio un giro por motivos de salud. Vive de una pensión y, según cuenta, reside en una vivienda particular. Decidió apartarse del mundo laboral y aislarse de la gente.
—¿Qué fue lo que le llevó a tener aquel gesto de solidaridad?
—Me preocupa mucho el cáncer. Es importante que se haga algo contra esa enfermedad. Se me hace muy duro ver a los niños sufriendo por eso y, con lo que tenía, quise aportar mi granito de arena.
Según cuenta José, las voluntarias de la asociación quisieron recompensarle con diez euros, una cantidad que rechazó en un primer momento, aunque terminó aceptándola ante la insistencia de las mujeres.
—Me metieron el billete en los bolsillos de la chaqueta. Yo trataba de devolvérselo, pero insistieron tanto que al final tuve que quedármelo.
Estamos en una de las cafeterías más céntricas de la ciudad. A nuestro alrededor, la gente habla de la jornada electoral. Por sus palabras parece percibirse la incertidumbre ante los pactos que, previsiblemente, los partidos se verán obligados a alcanzar. Como si se tratara de un partido de fútbol, hacen sus porras. Algunos apuestan por un acuerdo entre el PP y Ciudadanos; otros, por un pacto entre PSOE, Podemos e IU. Incluso hay quienes hablan ya de una repetición electoral ante la dificultad para alcanzar consensos. Reina la incertidumbre. Es por la mañana y todavía queda mucha jornada electoral por delante. Mientras tanto, J. relata su historia de vida anterior a los años en los que comenzó a pedir por la calle.
—Estuve cerca de veinte años encolando zapatos en una fábrica de calzado, pero desde siempre me gustó el cine. Empecé a grabar con una cámara de Súper 8 cuando era joven. Después escribí un guion que envié a Madrid, pero no me lo aceptaron. Siempre seleccionan a los mismos; no dan oportunidades a nuevos directores.
—¿De qué trataba esa historia?
—Se llamaba El seductor y contaba la vida de un joven muy atractivo que conseguía conquistar a todas las mujeres. Sin embargo, su vida cambia cuando conoce a una chica que lo rechaza y, a partir de ahí, empiezan a suceder muchas cosas.
A J. le gustan las historias de la vida cotidiana. Historias cercanas, capaces de tocar al espectador incluso fuera de la gran pantalla. Siente una profunda admiración por directores como Alejandro Amenábar. Confiesa que Mar adentro es la película que más le ha gustado. También se considera admirador de Steven Spielberg, aunque sostiene que este se ha aprovechado en muchas ocasiones del trabajo de otros directores, como George Lucas.
Pero, para él, el mejor director de la historia del cine es Alfred Hitchcock.
—No habrá nunca una película como Psicosis. Para mí es la mejor de la historia del cine.
—Además del guion, ¿ha realizado otros trabajos relacionados con el cine?
—Hace unos años hice un cortometraje documental sobre el Día de las Aleluyas. Lo presenté a un concurso celebrado en Elche, pero no me lo cogieron. No entiendo por qué a la gente de aquí no se le da más preferencia. Prefieren seleccionar trabajos de fuera antes que los de aquí —expresa con indignación.
—Permítame que le pregunte, ¿ha ido a votar?
—No. No quiero votar. No quiero que mi voto influya...
—Pero se decantará por algún partido.
—Me gusta Pablo Iglesias. Ha llegado hasta ahí por su trabajo. Ha estado cerca de la gente y se lo ha ganado. Otros no pueden decir lo mismo.
—¿Otros?
—Sí. Nunca he votado a la derecha. Siempre he votado a la izquierda. En su momento apoyé a Felipe González. La derecha siempre se ha aprovechado del trabajo de los demás.
Resulta curioso escucharle decir que no quiere influir con su voto, especialmente en un momento en el que, desde los escenarios políticos y los platós de televisión, no deja de hablarse del cambio. Sin embargo, se equivoca si cree que no ha influido con sus decisiones. Porque el día en que depositó toda su recaudación en aquella hucha de la Asociación Española Contra el Cáncer, probablemente influyó mucho más que cualquiera de quienes dominan el arte de los discursos y la retórica.
Mientras tanto, la jornada electoral transcurre con total normalidad. Se acerca la hora de los resultados. Al menos el 75 % de los españoles con derecho a voto habrá influido en el futuro del país. Quizá, sin embargo, ninguno de ellos lo haya hecho de una forma tan silenciosa como aquel hombre que un día decidió donar todo lo que tenía.
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