lunes, 7 de marzo de 2016

Un mensaje de unión al cielo en la playa de l’Altet

Texto: José Corrales 

Imágenes: Pablo Miranzo Macià

La búsqueda de una conexión espiritual ha llevado a cerca de 80 personas de distintas localidades de la Provincia de Alicante a reunirse en la playa de l’Altet de Elche. Allí se concentran para hacer ejercicios de relajación, yoga, regresiones al útero materno y chi kung. Todo ello con la finalidad de mandar un mensaje de unidad que se pueda leer desde el cielo a través de un mandala humano. 

Foto de Pablo Miranzo

Allí uno no se encuentra con el estereotípico atrezzo de la cultura new age: maestros tibetanos con túnicas milenaristas, collares o piedras místicas. Sorprendentemente, quienes participan visten chándales de Quechua, mallas de running y gafas Ray-Ban. En otras palabras, una estética más propia de un domingo cualquiera que de un retiro espiritual. 


Foto de Pablo Miranzo

Hablamos con los asistentes y comprobamos que ninguno de ellos conoce en profundidad las artes orientales. «Hemos venido a hacer algo diferente para pasar el día», cuenta Isabel, una de las participantes. Jesús, por su parte, explica que su intención es conocer gente y encontrar algo de «energía positiva». Es la primera vez que participa en una actividad de este tipo. No sabe muy bien qué puede encontrar durante la jornada. Ha venido, como él mismo dice, «a dejarse llevar».


 Foto de Pablo Miranzo

«Con una sola sesión realmente se puede hacer poco. Para que la gente pueda tener experiencias, necesita venir de forma continuada. Normalmente, quienes llegan hasta aquí lo hacen porque están hartos de todo y necesitan desconectar», explica Enrique García, maestro de yoga y uno de los organizadores del evento.

La jornada comienza con unos ejercicios de relajación. El maestro hace sonar un gong y entona uno de esos cantos tibetanos. Los participantes forman un círculo y cierran los ojos.

—Imaginad que bajo nuestros pies hay una enorme raíz de luz que nos une y que todos formamos el mismo árbol —dice Enrique dirigiéndose al grupo.

                                    

                                                                              Foto Pablo Miranzo

La gente se deja llevar por el sonido de los cuencos tibetanos, el gong y los cantos chamánicos. En sus rostros se aprecia una expresión compartida de serenidad y bienestar. Acto seguido, de forma organizada, forman un mandala humano  sobre aquel inmenso arenal con el propósito de enviar un mensaje al cielo.

 

                                             
                                                                              Foto Pablo Miranzo  


—Ha quedado escrita en el cielo la palabra «unión» —dice Enrique como colofón de la sesión.

Todos rompen en aplausos. No puedo evitar fijarme en la sonrisa profundamente emocionada de una de las alumnas.

—¿Qué has sentido? —le pregunto.

—En estos momentos no quiero contar lo que he sentido.

La mujer permanece tan ensimismada que prefiere no dar ninguna explicación.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Historia de un desahucio

 Hoy ha sido un día de respiro para Verónica y Cristian. La comisión judicial ha decidido aplazar el desahucio de esta familia con tres hijos adolescentes, en parte gracias a la presión ejercida por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH). La Policía ha identificado a Cristian y después se ha marchado. Seguramente volverán otro día, pero, por hoy, ya basta.

«Estuvimos hasta ayer por la noche esperando la llamada de la abogada para que nos comunicara qué iba a pasar con nosotros. Cuando nos dijo que no nos iban a quitar la casa, por fin respiramos», explica Verónica.

Sin embargo, la familia ha decidido no rendirse. Viven con la incertidumbre de no saber qué ocurrirá cuando la Justicia resuelva definitivamente su caso. Por ello solicitaron ayuda a la PAH, por si finalmente tenían que enfrentarse al desahucio. Como afirma Cristian, «no nos fiamos de los juzgados porque apenas nos han dado explicaciones sobre nuestra situación». Aun así, conservan algo de esperanza.

«Nosotros lo llevamos de otra manera porque sabemos que estamos con Dios y, gracias a Él, hemos podido encontrar a gente tan buena dentro de la PAH que nos ha ayudado», expresa Verónica con una sonrisa.

Cristian y Verónica son de Rumanía. En 1999, Cristian llegó al municipio madrileño de Coslada. Allí dejó de lado su carrera como veterinario para trabajar en el auge de la industria inmobiliaria. «En aquel entonces ganaba unos 2.000 euros trabajando en la construcción», confiesa.

Poco después llegó Verónica desde Rumanía. Ella estudió peluquería, aunque actualmente está en paro y se dedica al cuidado de la casa. Tras instalarse en Madrid, más tarde se trasladaron a vivir de alquiler a una vivienda del barrio de Carrús, en Elche. Tiempo después tomaron la decisión que cambiaría sus vidas: hipotecarse para comprar un piso valorado en 140.000 euros.

En aquel momento podían asumir el pago de una hipoteca de 900 euros mensuales. Sin embargo, con el estallido de la crisis sus ingresos fueron disminuyendo y se vieron obligados a renegociar la deuda con el banco.

«Nos pidieron que pagáramos 400 euros de hipoteca y nosotros no podíamos hacerlo. Entonces nos dijeron que abonáramos la cuota completa de aquel mes y que ya se vería qué ocurría al siguiente, porque así demostrábamos más seriedad», explica Verónica.

En noviembre del año pasado, su banco -EVO banco- llamó a su puerta para comunicarles que perdían la vivienda. «El banco nos quitó la casa y nos permitió seguir viviendo en ella de alquiler, pero ahora quiere vender el piso y nosotros no tenemos adónde ir», cuenta.

Su vivienda sale ahora a subasta por 43.000 euros, un 70 % menos de lo que costó cuando la compraron.

Verónica y Cristian todavía no saben cuál será su futuro. Son conscientes de que esta historia aún no ha terminado. Por el momento, seguirán luchando para conseguir, al menos, un alquiler social.

miércoles, 6 de enero de 2016

Taxis y caminos tortuosos para bohemios

En una cafetería de Elche, Edu habla de cine y música. Es increíble la cultura que tiene. Cantante en dos grupos de versiones,  Ruta 69 y The Crooners. Cuando la música todavía daba oportunidades para pagar el alquiler y ducharse todos los días con agua caliente, se atrevió a desempolvar a la Generación Beat componiendo sus propios temas en The Hippie Monks. Hoy, sin embargo, es un gigante atrapado en un mundo donde el músico se “vende por tocar en garitos cada sábado noche por 300 euros” como él dice.  Sinceramente, creo que Edu no es de esta época. Si un día inventan la máquina del tiempo, seguramente viajaría a  los 60, tomaría  LSD, llenaría salas,  probaría suerte con algún Phil Spector, o estaría dando la tabarra  por una noche de bolo en el Whisky Bar.  

Al encuentro falta por llegar Pascualo, uno de los amigos de Edu. Se trata de un personaje entrañable. Un bohemio de esos  que sabe vivir la vida dejando a un lado el peso de la rutina y las obligaciones que nos acuña la cultura occidental. Persona de pocas palabras, pero el mundo que tiene grabado en la suela de  sus zapatos no tiene límites. Ha viajado a miles de sitios y conocido a todo tipo de personas. Hasta hace unos días, había estado en Málaga, trabajando en un huerto ecológico. Consigo lleva una bolsa en la que guarda un fuelle de chimenea y un guatero.  
-Pascualo, ¿nos vamos a mi local de ensayo? 
-Vale, pero ¿dónde está?
-Pasando la carretera de León. Es un pateo grande, la verdad.

La caminata no es el problema, sino el tortuoso camino que hemos de cruzar para llegar hasta aquel rincón olvidado ; viejas naves abandonadas, barbechos incultos y basura por todos los rincones. Nos adentramos en la oscuridad de la noche. Las luces de la ciudad se alejan a cada paso que damos y la travesía mal asfaltada por la que pasamos se hace más estrecha.  Andamos a oscuras sin chaleco reflectante y sin más luz que la de la Luna,  las estrellas y la de los cigarros que prenden en las bocas de Edu y Pascualo. A lo lejos las luces de los polígonos nos avisan de que estamos cerca.

-Ya hemos llegado- dice Edu.

Los locales de ensayo se encuentran en un complejo industrial habilitado para que bandas de música amateur desarrollen su afición sin que el ruido de los instrumentos moleste a los vecinos. Su interior alberga claustrofóbicos habitáculos. El propietario del lugar ha borrado la estética industrial de la nave para convertirlo en un santuario del rock. Las paredes están pintadas de un rojo burdel y en una de ellas hay colgado un póster de Los Ramones. Entramos en el local de Edu. Nos enseña la batería, los trajes que luce en cada concierto  y su  guitarra.

La noche se pierde entre largas y tendidas tertulias musicales. Edu toma la guitarra y hace una versión cutre de Me and Bobby Mcgee, de Krystofferson. La canción tiene tan solo tres acordes, pero hacer que voz y guitarra estén bien cuadradas ya es un trabajo bastante difícil.  De vez en cuando olvida la letra, pero lo soluciona improvisando un verso de la canción.

-Pascualo, ¿te aburres? .
-No, qué va. Estoy viviendo el momento, dice.  

Son las dos de la mañana. Tenemos que regresar al mundo real. Pascualo dice que tiene que marchar  a Crevillente a  hacer noche en casa de su madre. No tiene mucho dinero, por lo que decide ir andando desde  Elche.

-Ni se te ocurra Pascualo, replica Edu. Es un camino muy largo. Si te hace falta dinero, te pago un taxi, o, en todo caso, te quedas a dormir a mi casa y mañana te vas. Un taxi no te va a costar más de 10 euros.

Pero Pascualo tiene en su bolsillo 15 y no puede permitirse el lujo de costearse un viaje.

-¿Y cómo sabes que no me van a cobrar más?
-Bueno, pues yo te dejo lo que te falte.
Llegamos a la estación de taxi. El taxista nos dice que llegar a Crevillente cuesta unos 12 euros. 

Intentamos negociar con Pascualo para pagarle parte del viaje, pero al final no ha aceptado el dinero.
-Antes de irme, fumemos un cigarro, dice Pascualo. Nos sentamos en el banco de un parque y allí seguimos hablando.
-¿De verdad que no quieres que te paguemos parte del  viaje? Le pregunto.
-No te preocupes por mí, me espeta Pacualo.
-Pascualo sabe cuidarse solo, ¿no ves que tiene mucho mundo? Explica Edu.

-En un 24 horas se sientan a comer algo, mientras esperamos al taxi que lleve a Pascualo a su destino. No sé si volveremos a vernos.

El coche se aleja. Son las tres de la mañana. Le acompaño hasta su casa mientras pienso en lo que lo que Pascualo me ha dicho. Su estética desaliñada y su vida errante me hacen pensar que mi obligación moral pasa por ayudarle como si de alguien desvalido se tratase; pero a Pascualo le gusta vivir así. Con sus huertos ecológicos, y sus caminatas de noche. ¿Quiénes somos para juzgarlo?

Llegamos al portal de Edu. A él sí espero verlo pronto. Nos despedimos con un buen apretón de manos, y allí, bajo un cielo frío y contaminado ahora más que nunca por las luces de navidad me quedo en una calle solitaria del casco antiguo de Elche.  Reflexiono. Qué bella sería la vida si todos la viviésemos como Pascualo o Edu.

Lástima que el presupuesto de Pascualo no se correspondiera con lo que nos había dicho el taxista. Su viaje en taxi le ha salido más caro.