martes, 24 de diciembre de 2024

DANA Valencia. Jornada de voluntariado en el puente de la Constitución

 

Una fila de voluntarios espera en el Palau de les Arts i les Ciències a ser trasladada a los pueblos afectados por la DANA. Hoy se dirigen a Paiporta, la zona cero del desastre.  Con el puente de la Constitución se espera el mismo desbordamiento de personas que hace un mes se dirigía al lugar de la catástrofe, sin embargo, la fotografía, a 8 de diciembre, es totalmente distinta a la de los primeros días. “Espero que no quiten autobuses por falta de personal, como ha ocurrido las últimas semanas. Venimos de distintos pueblos. No pueden hacernos esto”, expresa indignado Tonet, uno de los voluntarios que, junto con su madre y su hermano, ya es la tercera vez que acude desde Sella a Valencia a quitar barro.

Las ayudas no escasean. No solo faltan manos para retirar escombros y limpiar sótanos y garajes. La presencia de aquellas personas vestidas con EPI y cargadas con palas y cepillos supone un apoyo psicológico para los vecinos de la localidad valenciana. “Lo que veréis allí es sobrecogedor. La gente, además de que se le ayude con la limpieza de su casa, necesita que se la escuche”, explica una de las organizadoras de la Plataforma de Voluntariat de la Comunitat Valenciana a los asistentes.

Aunque en Paiporta puede verse un cierto control de la situación por parte de los equipos de emergencias, existen zonas donde el barro todavía se acumula y la ayuda de los voluntarios es imprescindible si se quiere volver a la más cercana normalidad previa a la de aquel fatídico 29 de octubre. Los ayudantes esperan recibir información de la corporación local sobre los domicilios que requieren de más apoyo.  Joan, sanitario y miembro de la organización de voluntariado, considera que existe una falta de coordinación entre el Ayuntamiento y la plataforma. “No entiendo cómo, a un mes del desastre, todavía no han sido capaces de crear un mapeo de las zonas a las que puede acceder el voluntariado”.

El profesional, tras largos minutos de espera, recibe la información por WhatsApp con las indicaciones. “Calle Iglesia, vaciado de enseres en almacén”, dice a los voluntarios.  Dirigirse a un lugar en concreto ayuda a hacerse una imagen de todo lo sucedido. Las calles son un constante ir y venir de gente ocupada, bomberos, policías y militares. Todavía se percibe en los ojos de los vecinos el cansancio y la resignación propias de alguien que lo ha perdido todo. Ni qué decir de los que poseían un pequeño comercio.  Junto con la ayuda de algunos voluntarios, intentan sacar el poco mobiliario que queda en sus establecimientos, ahora precintados y en los que todavía puede verse la marca de humedad en las paredes que evidencia el nivel al que llegó el agua.

¿Cuánto tiempo hará falta para que vuelvan a la normalidad?

 “Aquí muchos no van a volver a su vida normal. ¿Crees que el dueño de esa peluquería va a ser el mismo de antes después de esto? ¿O esa señora de la frutería? ¿O el de aquel bar?” expresa Joan mientras acompaña a los voluntarios a la Plaza Blasco Ibáñez, uno de los puntos donde se canalizan los materiales y el avituallamiento.

En el ateneo musical de Paiporta la World Central Kitchen ofrece comida caliente tanto a voluntarios como a vecinos. Se sitúa en las inmediaciones del barranco del Poyo, convertido ahora en un gran solar después de que el agua rompiese todas las terrazas y canales. Un árbol de navidad ha crecido a la orilla del puente que lo cruza. Varios vecinos se sientan alrededor mientras buscan tregua en los rayos de sol.



Los voluntarios se dirigen a la calle indicada. En uno de los domicilios vacían una montaña de bártulos de un pequeño almacén subterráneo que el agua y el barro cubrieron. Las llamadas al móvil de Joan son constantes. Debe marcharse a atender a otro de los grupos que trabaja en labores de limpieza.  “Me tengo que marchar. Si necesitáis alguna pala, cepillo o material no tengáis reparo en pedirlo en cualquier casa o establecimiento, que os la darán”.

Jose, uno de los voluntarios dice que tiempo atrás vivió en Paiporta antes de mudarse a Segorbe.  Es agente medioambiental, y ha invertido su día libre en ayudar a sus antiguos vecinos. Los voluntarios confían en él como guía que les oriente entre tanto caos.  Seguidos por su conocimiento del callejero, el equipo llega hasta la plaza de la iglesia. En uno de los edificios colindantes, dos voluntarias ajenas al grupo limpian con una manguera las sillas de Manuel y Amparo, un matrimonio que, desde el desastre, lleva reacondicionando la planta baja de su edificio incansablemente. El equipo se ofrece a echarles una mano.  La riada dejó inutilizados los contadores eléctricos, por lo que solo pueden guiarse por la débil luz de unos frontales que apenas dejan ver el suelo embarrado. El matrimonio ha perdido parte de los muebles que guardaban en aquel almacén, ahora convertido en una oscura caverna. Los voluntarios forman una cadena humana y sacan el poco barro que queda.



Pronto Amparo llega con una caja con comida. En una mesa que han liberado de barro y bajo un cálido sol, los voluntarios comparten la hora de la comida con la familia.   Escuchan con detalle todo lo que vivieron aquel día.

“Todo era una anarquía. Un montón de chavales se llevaban los paquetes de tabaco que el agua había sacado de ese estanco de ahí (señala el establecimiento que hay en la plaza). Llamabas a la poca policía que había y no te hacían caso. Estaban ocupados buscando “colibrís””, explica la mujer.  Los padres son cautelosos en todo momento con las palabras que emplean en su día a día, para que sus hijos puedan sobrellevar todo lo sucedido. Prefieren hablar de “colibrís” en vez “fallecidos” a fin de que esa fea palabra se borre de la memoria de los chicos.

“Ellos lo llevan mejor que nosotros, aunque el mayor todavía recibe apoyo psicológico. Menos mal que, después de que la riada destruyese el colegio, han retomado las clases en un centro de Picassent. Ahora se los ve más contentos”, expresa Manuel.

De vez en cuando, los niños interrumpen la tertulia llamando la atención de sus padres. Tienen ganas de que llegue la navidad.

 “La semana pasada varios niños del barrio estuvieron decorando la plaza con un árbol de navidad y se lo pasaron en grande. Por lo menos así se olvidan un poco de todo lo sucedido”, dice Amparo.

El enorme letrero del pueblo que el agua derribó se encuentra apuntalado, muestra de que Paiporta no se rinde. Junto a él, un arbolito de navidad se apoya en aquel armatoste de metal oxidado. “No sabemos cuánto va a durar esta situación, pero esperemos que al menos con la navidad podamos olvidarnos de todo esto”, dice Manuel.  Los voluntarios se despiden con un abrazo de Manuel y Amparo. El bus los espera para traerlos de vuelta.

 Durante el traslado por la carretera que une Valencia con las zonas afectadas se pueden ver los polígonos industriales cubiertos por un manto de barro seco, por el que asoman montañas de coches apilados y escombros. El viaje de vuelta va dibujando en las mentes de los ayudantes una idea del mucho trabajo que todavía falta por hacer. ¿Cuándo se mantendrá esta situación? Todavía es un interrogante que nadie sabe responder.

martes, 12 de diciembre de 2023

De cómo la despoblación dejó a Dulcinea sin patria

Una oficina de información abandonada da la bienvenida a los pocos turistas que visitan el pueblo: “El Toboso: patria de Dulcinea”, reza el eslógan que anuncia la marquesina del pequeño habitáculo. Todavía cuelgan los amarillentos carteles de eventos pasados de fecha, cursos de guitarra, talleres de yoga o una programación de fiestas patronales del verano anterior. “Ya no se usa. Si quieres enterarte de la programación cultural, tienes que ir al museo cervantino”, explica Rufino, vecino de la localidad donde don Quijote dio razón de ser a sus aventuras. Después de 30 años viviendo en Toledo trabajando para la Administración General del Estado, la jubilación le ha traído a la casilla de salida. “Siempre quise volver a mi pueblo, no quería quedarme en Toledo. Aquí es donde nací y aquí es donde quiero morir”. Para eso parece haber quedado el Toboso; un solitario lugar en el que morir en paz. Entre las calles adoquinadas, una ambulancia se abre paso con los destellos en marcha. “Es muy común verla cada dos por tres. Siempre hay alguna persona mayor a quien tienen que llevarse”, comenta. Cuenta una leyenda no muy extendida que durante la desamortización de Mendizábal los Agustinos del ya ruinoso convento de Santa Ana lanzaron al pueblo una maldición por el ultraje que supuso desproveerles de sus tierras, en la que condenaban, entre otra serie de penurias, al Toboso a su despoblación. Quien quiera que fuese les debió escuchar, pues desde 2008, la población del pueblo de doña Aldonza Lorenzo ha ido en caída libre pasando de 2000 habitantes en 2018 a 1600 en 2023, según el INE. No es algo nuevo esa destrucción poblacional. Azorín ya registró la “intensa sensación de soledad y de abandono” del Toboso en su Ruta de don Quijote. Y no percibís ni el más leve rumor: ni el retumbar de un carro, ni el ladrido de un perro, ni el cacareo lejano y metálico de un gallo. Y comenzáis a internaros por las calles del pueblo. Y veis los muros agrietados, ruinosos; la sensación de abandono y de muerte que antes os sobrecogiera, acentúese ahora por modo doloroso a medida que vais recorriendo estas calles y aspirando este ambiente”, escribe el periodista y escritor alicantino. 




Más de un siglo después de haberlo plasmado en su crónica de viaje, esa misma sensación todavía puede percibirse a medida que el viajero se adentra en las calles de aquel escenario quijotesco debido a otros problemas como la sequía, la falta de apoyo al sector agrario y el desempleo. Así lo afirma Manuel. A diferencia de sus hermanos, que marcharon a ciudades con más oportunidades laborales, este vecino de la localidad toledana decidió quedarse en el pueblo a seguir trabajando las tierras de su padre. Ve como el Toboso sufre una despoblación progresiva que atribuye al desempleo y al apoyo incondicional que recibe el sector terciario desde las instituciones públicas. “Ser el pueblo de Dulcinea nos ha perjudicado más porque todas las ayudas van al turismo, pero no se ayuda de la misma forma a la agricultura y a las empresas, y los jóvenes se están marchando a los pueblos vecinos por falta de trabajo”, explica. A Jose aún le quedan unos pocos años para colgar las aperos. Es de Pedro Muñoz, pueblo vecino de la localidad de Dulcinea, y es propietario de algunas viñas al servicio de las cooperativas que producen el vino de la zona. También ve con incertidumbre qué puede pasar de aquí a unos años con la agricultura en la Mancha. Para él el principal problema se atribuye a la falta de relevo generacional. “Ahora es muy difícil encontrar a gente que trabaje recogiendo uva. Los jóvenes no quieren trabajar en el campo”. La sequía tampoco ha ayudado mucho. La falta de lluvias y el calor han hecho descender en un 22% la producción de vino con respecto al año anterior según calculan las cooperativas agro-alimentarias de Castilla la Mancha. Miguel alias “el Guapo”, es testigo de como el negocio ha ido a menos, en parte, por los últimos años de sequía. “Este año casi no ha habido cosecha. Antes cogías un puñado de tierra y podías ver que cambiaba de color por la humedad. Ahora es tierra seca”, nos cuenta.

En este reposo inquebrantable, en este ambiente de abandono y de decadencia”. Azorín


El silencio que envuelve al pueblo se rompe de vez en cuando con la llegada de un autobús escolar que lleva a los estudiantes a conocer la casa de Ana de Zarco, mujer de la que se inspiró Cervantes para crear al personaje de Dulcinea, pero lo que en líneas generales encontramos es un cuidado decorado en el que, con suerte, se puede ver a algún vecino rumbo a ninguna parte. 
    
                                     


La calle de la Iglesia está conformada por una extensa plaza en la que sobresale una robusta fuente de piedra. Allí, se pueden ver las férreas estatuas de un Alonso Quijano hincado de rodillas frente una fría Dulcinea a la que declara su eterno amor. El templo, dedicado a San Antonio Abad, recibe el nombre de la Catedral de la Mancha por ser la más grande de toda la comunidad autónoma. Sin embargo, ese título no es suficiente reclamo turístico. El lugar abre solo para la misa de ocho, y hasta otro día. Angelines, Bernardina y Felicidad esperan en la plaza antes de que tenga lugar la celebración eucarística. “Aquí suelen venir familias los fines de semana y los días de fiesta, pero cada vez vienen menos. La taberna traía a mucha gente, pero el dueño la acabó cerrando y no hay nadie que quiera hacerse cargo de ella porque no es rentable”, dice Angelines. Los bares que todavía resisten gracias al empeño de sus parroquianos tampoco son el alma de la fiesta. No hay nada que decirse en aquellos lugares sombríos.  Existen, eso sí, zonas que rompen con toda la quietud que impera en el pueblo. Un ruido de gentío sale por la puerta del centro social. Hombres de la tercera edad desgastan los tapetes buscando el mejor órdago, o dando fe a golpe de “dominó” entre risas y bromas. 


De repente un sonido, similar al de una caballada irrumpe en mitad de aquella orgía de timbas. “Son las mujeres. Están practicando con las castañuelas”, dice uno de los fieles de aquel casino social. Al otro lado de la puerta un grupo de Dulcineas separadas de tantos Quijotes ensimismados en el juego preparan la música de cara a las próximas fiestas patronales. “Pi-ti-ta”. Marca el ritmo la profesora mientras la sigue a destiempo un coro de castañuelas. Ella insiste: “todas tienen que sonar a la vez y si alguna se equivoca que pare”, dice riéndose.Y allí, hasta que el sol se pone, las tardes se hacen más llevaderas en medio de tanto olvido.  No solo en el Toboso se ha parado el tiempo. Campo de Criptana, Mota del Cuervo, Belmonte... Todos aquellos pueblos conectados por la ruta que trazó el famoso hidalgo comparten esa misma canción de soledad muy poco apropiada para un lugar que, según  alguien escribió, era tierra de gigantes.


Luis “Matillas”

La frondosa sombra de un parque enclavado en la plaza donde se erige el monasterio de la Concepción da tregua a los tobosinos debido al sofocante calor manchego. Solo puede sentirse el cálido viento acariciando las ramas de los árboles. Ningún niño juega en los columpios cubiertos por la hojarasca que esparce el otoño. Hasta el bar, que ha dejado en la intemperie las mesas y sillas permanece cerrado. Solo se ve la figura de un cansado hombre manchego que en uno de los bancos se sienta para protegerse de los rayos del Sol mientras espera la hora de la comida. Luis, más conocido en el pueblo como Matillas, hace el habitual paseo que el médico le prescribió para fortalecer su espalda ya tocada por la edad y las incontables horas de juventud dedicadas a sus viñas y oliveras. Preguntamos por la ubicación de la casa de Ana de Zarco, y, como si se tratase de un guía turístico, se ofrece a organizarnos un tour por todas las calles del Toboso. “Vivo cerca de allí. Le acompaño un tramo que no puedo andar mucho”, dice sacando fuerzas de flaqueza. Y, como don Quijote y Sancho, trazamos el callejero en busca de Dulcinea, revisando cada rincón del pueblo.
Matillas es natural del Toboso. Desde pequeño se ha dedicado a la labranza, actividad que compaginaba con la cría de caballos y la cacería. “Mi padre siempre nos ató a esta tierra. Desde pequeño he vivido en el Toboso”, dice mientras caminamos por las vacías calles. No hicieron lo mismo dos de sus hijos, que marcharon a lugares más poblados para seguir con su carrera profesional. El único que se quedó fue su hijo menor, que ha seguido la estela de su padre. “Lo único que pude hacer es darle lo que tenía, que eran unas cuantas tierras y un tractor, y va como puede porque el campo es muy sacrificado”.
Nos detenemos frente al jardín del convento de las franciscanas. Aunque dentro está protegido por las monjas, la mayor parte del tiempo se encuentra cerrado a cal y canto. Solo se lee en la puerta el horario en que está abierto al público, momento en que, si se tercia, los turistas aprovechan para comprarles los dulces que venden a todo aquel que quiera llevarse un recuerdo de la Mancha. Unas calles por delante, Matillas se detiene frente a un pequeño agujero en el suelo. Se trata de un pozo custodiado por la imagen de una virgen de piel morena. Nos cuenta la leyenda de que en una remota época de sequía, los lugareños se encomendaron a la madre de Dios para encontrar agua y que esta les reveló que allá donde los bueyes del carretero se detuviesen, se construiría un pozo. Hoy, los tobosinos guardan fervor a esa virgen más conocida como “la Morenita”. Matillas se para frente al pozo y recita su oración:

Virgen de la morenita/ ¿quién te ha traído al Toboso?/ Me ha traído un carretero/ y me ha                                                                     puesto frente a un pozo.

                                                

Su teléfono móvil suena. “Ya voy” dice a su mujer que hace rato que le espera con la olla puesta. En mitad de una de las calles nos detenemos. “El pueblo está muerto. Aquí no hay nada”, dice con cierta melancolía. Recuerda cómo ha cambiado el Toboso en los últimos tiempos. “Si tú nos vieras hace 8 o 10 años todos borrachos en el bar, cantando fandangos de cacería...”. Nos confiesa que otra de sus pasiones es el cante, pero la edad le ha hecho perder algunas facultades. En su memoria guarda miles de coplas, muchas de ellas dedicadas a la actividad cinegética. “Voy a cantar algo”, y con una voz envejecida y dolorosa decide arrancarse por Juanito Valderrama:

Qué tengo una perrilla canela/ que tiene la nariz “partía”/ yo tengo una perrilla canela/ cazadora por el día/ por la noche centinela/ ¡qué bien se gana la comida!


Y con esta canción nos despedimos. Su mujer y su hijo ya están en la sobremesa. Lo esperan en el comedor de su casa; una habitación remachada con azulejos, oscura y llena de retratos y cuadros de caballos. El puchero ha dejado de humear. “Se te ha enfriado”, dice María mientras corta una rodaja de una esponjosa hogaza de pan. “Nos hemos entretenido un poco. He estado enseñando el Toboso”.




Nota del autor: En octubre de 2023 decidí hacer un viaje por tierras manchegas y pude observar el retrato que Azorín plasmó en su crónica de viaje La Ruta de don Quijote. 100 años después de aquel reportaje, la Mancha continúa siendo ese lugar vacío y solitario, con el añadido de la sequía, el desempleo y el envejecimiento de una población sin esperanzas de un relevo generacional. El lugar donde se desarrolla esta historia es el Toboso, un pueblo que siempre me cautivó al ser patria de la mujer que impulsó al famoso hidalgo a buscar aventuras. Los testimonios que aparecen son aproximaciones de aquello que hablé con la gente del pueblo, con la licencia que me he tomado de darle un tono literario al texto, y con pretensiones (espero que el lector sea capaz de percibirlo) de buscar un equilibrio entre la objetividad del periodismo y la magia de la literatura. Espero que sepan disfrutarlo. 


domingo, 31 de julio de 2016

El currículum de Paco o de cómo vivir con nervio

Imposible saber las  veces  que ha intentado hacer pleno en el quimérico juego de la primitiva. “Hoy la he echado. Te digo yo que mañana me toca”, comenta Paco irónicamente. Como imposible resulta contar los pares de zapatos que ha empaquetado, o los camiones que ha descargado en tiempo récord.  Con más de 20 años de experiencia dedicándose al sector de la logística en la empresa de calzado Reebook, qué más se puede decir.

Persona de pocas palabras, de gran carácter, y ácido en su sentido del humor. “Yo suelo ser muy cachondo, aunque cada vez me hago más cascarrabias. Será la edad” dice mientras entra a fichar en Tempe,  la última empresa de logística que lo ha contratado temporalmente. No sabe a ciencia cierta si después de acabar sus dos semanas de trabajo, tendrá la oportunidad de volver a llamarlo, o mejor aún, de entrar  indefinidamente en el imperio de Amancio Ortega.
Así lleva desde la crisis. De una empresa a otra tratando de llevar el sustento a su mujer, su hijo de 19 y su hija universitaria. “Los de 50 años lo tenemos muy jodido si no tenemos trabajo. Después de quedarme parado  he estado descargando camiones para particulares, y algunos, como no me hacían contrato, cuando  terminabas la faena se aprovechaban y no te pagaban, ¿a quién reclamas luego?”.
Pretende dar el do de pecho este tiempo que está trabajando. “Quedarme aquí me solucionaría bastante la vida”, comenta. Y lo cierto es que entona. No hay más que verlo etiquetando los pares. No mira al frente, ni a los ojos de su compañero cuando le comenta alguna banalidad. Su cabeza se dirige a  la desgastada mesa de trabajo y  los enganches, las etiquetas y la enorme caja de zapatos.
Abres una caja, etiquetas un par y vuelves a otro. Quitas un par, y después… otro ya va asomando la cabeza. Así durante ocho horas. Pero él no se detiene. Al contrario. Conforme va pasando la mañana va mecanizando la tarea. “Para esto hay que tener nervio, trabajar rápido y con energía” Explica. “El encargado te tiene que ver haciendo algo en todo momento, aunque hables con tu compañero, pero siempre trabajando”.

Pronto llega Eddi, el jefe de planta de carga y descarga.
-A ver, tú y tú. Os toca.
Han llamado a Paco y a un compañero para vaciar un camión. Los dos se dirigen junto a Eddie al compartimento de aquel armatoste metálico. Una larga cinta transportadora penetra el enorme tráiler.
-La tarea es sencilla. No os fijéis ni en modelos de zapatos ni nada. Sin contemplaciones, a la cinta.
Y como un ventilador Paco vacía el contenido del camión. En toda la planta solo  se oye el estruendo que generan las cajas de zapatos al caer en la cinta. Como un ritmo de batería constante y uniforme. ¡Bum,bum, bum! “Con nervio”, como él dice.  Y de la cinta, cientos de cajas desfilan ordenadamente como militares el día de las Fuerzas Armadas.
Y otra vez, y otra, y otra…
Paco y el compañero salen sudando la camiseta de trabajo.
-Media hora. ¡Muy bien! Felicita Eddi.
Con el tiempo que llevo en esto y viendo que soy más mayor quizá haya descargado más camiones que tú,  dice Paco al encargado.
Paco guarda la esperanza de volver a tener la estabilidad de cuando trabajaba en Reebook si le contratan en esta empresa.  “No sé si acabaré aquí. Sé de gente a la que han llegado a contratar indefinidamente, pero nada es seguro”. No pierde la esperanza. Él continúa todas las semanas echando la primitiva, o de vez en cuando se saca un dinero extra gracias a sus conocimientos de quiromasajista.

Esta vez ha tenido suerte.  Por lo pronto lo han llamado para hacer otra semana más. Venga, ya solo falta un poco más. Casi  tienes el trabajo, Paco. 

lunes, 7 de marzo de 2016

Un mensaje de unión al cielo en la playa de l’Altet

Texto: José Corrales 

Imágenes: Pablo Miranzo Macià

La búsqueda de una conexión espiritual ha llevado a cerca de 80 personas de distintas localidades de la Provincia de Alicante a reunirse en la playa de l’Altet de Elche. Allí se concentran para hacer ejercicios de relajación, yoga, regresiones al útero materno y chi kung. Todo ello con la finalidad de mandar un mensaje de unidad que se pueda leer desde el cielo a través de un mandala humano. 

Foto de Pablo Miranzo

Allí uno no se encuentra con el estereotípico atrezzo de la cultura new age: maestros tibetanos con túnicas milenaristas, collares o piedras místicas. Sorprendentemente, quienes participan visten chándales de Quechua, mallas de running y gafas Ray-Ban. En otras palabras, una estética más propia de un domingo cualquiera que de un retiro espiritual. 


Foto de Pablo Miranzo

Hablamos con los asistentes y comprobamos que ninguno de ellos conoce en profundidad las artes orientales. «Hemos venido a hacer algo diferente para pasar el día», cuenta Isabel, una de las participantes. Jesús, por su parte, explica que su intención es conocer gente y encontrar algo de «energía positiva». Es la primera vez que participa en una actividad de este tipo. No sabe muy bien qué puede encontrar durante la jornada. Ha venido, como él mismo dice, «a dejarse llevar».


 Foto de Pablo Miranzo

«Con una sola sesión realmente se puede hacer poco. Para que la gente pueda tener experiencias, necesita venir de forma continuada. Normalmente, quienes llegan hasta aquí lo hacen porque están hartos de todo y necesitan desconectar», explica Enrique García, maestro de yoga y uno de los organizadores del evento.

La jornada comienza con unos ejercicios de relajación. El maestro hace sonar un gong y entona uno de esos cantos tibetanos. Los participantes forman un círculo y cierran los ojos.

—Imaginad que bajo nuestros pies hay una enorme raíz de luz que nos une y que todos formamos el mismo árbol —dice Enrique dirigiéndose al grupo.

                                    

                                                                              Foto Pablo Miranzo

La gente se deja llevar por el sonido de los cuencos tibetanos, el gong y los cantos chamánicos. En sus rostros se aprecia una expresión compartida de serenidad y bienestar. Acto seguido, de forma organizada, forman un mandala humano  sobre aquel inmenso arenal con el propósito de enviar un mensaje al cielo.

 

                                             
                                                                              Foto Pablo Miranzo  


—Ha quedado escrita en el cielo la palabra «unión» —dice Enrique como colofón de la sesión.

Todos rompen en aplausos. No puedo evitar fijarme en la sonrisa profundamente emocionada de una de las alumnas.

—¿Qué has sentido? —le pregunto.

—En estos momentos no quiero contar lo que he sentido.

La mujer permanece tan ensimismada que prefiere no dar ninguna explicación.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Historia de un desahucio

 Hoy ha sido un día de respiro para Verónica y Cristian. La comisión judicial ha decidido aplazar el desahucio de esta familia con tres hijos adolescentes, en parte gracias a la presión ejercida por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH). La Policía ha identificado a Cristian y después se ha marchado. Seguramente volverán otro día, pero, por hoy, ya basta.

«Estuvimos hasta ayer por la noche esperando la llamada de la abogada para que nos comunicara qué iba a pasar con nosotros. Cuando nos dijo que no nos iban a quitar la casa, por fin respiramos», explica Verónica.

Sin embargo, la familia ha decidido no rendirse. Viven con la incertidumbre de no saber qué ocurrirá cuando la Justicia resuelva definitivamente su caso. Por ello solicitaron ayuda a la PAH, por si finalmente tenían que enfrentarse al desahucio. Como afirma Cristian, «no nos fiamos de los juzgados porque apenas nos han dado explicaciones sobre nuestra situación». Aun así, conservan algo de esperanza.

«Nosotros lo llevamos de otra manera porque sabemos que estamos con Dios y, gracias a Él, hemos podido encontrar a gente tan buena dentro de la PAH que nos ha ayudado», expresa Verónica con una sonrisa.

Cristian y Verónica son de Rumanía. En 1999, Cristian llegó al municipio madrileño de Coslada. Allí dejó de lado su carrera como veterinario para trabajar en el auge de la industria inmobiliaria. «En aquel entonces ganaba unos 2.000 euros trabajando en la construcción», confiesa.

Poco después llegó Verónica desde Rumanía. Ella estudió peluquería, aunque actualmente está en paro y se dedica al cuidado de la casa. Tras instalarse en Madrid, más tarde se trasladaron a vivir de alquiler a una vivienda del barrio de Carrús, en Elche. Tiempo después tomaron la decisión que cambiaría sus vidas: hipotecarse para comprar un piso valorado en 140.000 euros.

En aquel momento podían asumir el pago de una hipoteca de 900 euros mensuales. Sin embargo, con el estallido de la crisis sus ingresos fueron disminuyendo y se vieron obligados a renegociar la deuda con el banco.

«Nos pidieron que pagáramos 400 euros de hipoteca y nosotros no podíamos hacerlo. Entonces nos dijeron que abonáramos la cuota completa de aquel mes y que ya se vería qué ocurría al siguiente, porque así demostrábamos más seriedad», explica Verónica.

En noviembre del año pasado, su banco -EVO banco- llamó a su puerta para comunicarles que perdían la vivienda. «El banco nos quitó la casa y nos permitió seguir viviendo en ella de alquiler, pero ahora quiere vender el piso y nosotros no tenemos adónde ir», cuenta.

Su vivienda sale ahora a subasta por 43.000 euros, un 70 % menos de lo que costó cuando la compraron.

Verónica y Cristian todavía no saben cuál será su futuro. Son conscientes de que esta historia aún no ha terminado. Por el momento, seguirán luchando para conseguir, al menos, un alquiler social.

miércoles, 6 de enero de 2016

Taxis y caminos tortuosos para bohemios

En una cafetería de Elche, Edu habla de cine y música. Es increíble la cultura que tiene. Cantante en dos grupos de versiones,  Ruta 69 y The Crooners. Cuando la música todavía daba oportunidades para pagar el alquiler y ducharse todos los días con agua caliente, se atrevió a desempolvar a la Generación Beat componiendo sus propios temas en The Hippie Monks. Hoy, sin embargo, es un gigante atrapado en un mundo donde el músico se “vende por tocar en garitos cada sábado noche por 300 euros” como él dice.  Sinceramente, creo que Edu no es de esta época. Si un día inventan la máquina del tiempo, seguramente viajaría a  los 60, tomaría  LSD, llenaría salas,  probaría suerte con algún Phil Spector, o estaría dando la tabarra  por una noche de bolo en el Whisky Bar.  

Al encuentro falta por llegar Pascualo, uno de los amigos de Edu. Se trata de un personaje entrañable. Un bohemio de esos  que sabe vivir la vida dejando a un lado el peso de la rutina y las obligaciones que nos acuña la cultura occidental. Persona de pocas palabras, pero el mundo que tiene grabado en la suela de  sus zapatos no tiene límites. Ha viajado a miles de sitios y conocido a todo tipo de personas. Hasta hace unos días, había estado en Málaga, trabajando en un huerto ecológico. Consigo lleva una bolsa en la que guarda un fuelle de chimenea y un guatero.  
-Pascualo, ¿nos vamos a mi local de ensayo? 
-Vale, pero ¿dónde está?
-Pasando la carretera de León. Es un pateo grande, la verdad.

La caminata no es el problema, sino el tortuoso camino que hemos de cruzar para llegar hasta aquel rincón olvidado ; viejas naves abandonadas, barbechos incultos y basura por todos los rincones. Nos adentramos en la oscuridad de la noche. Las luces de la ciudad se alejan a cada paso que damos y la travesía mal asfaltada por la que pasamos se hace más estrecha.  Andamos a oscuras sin chaleco reflectante y sin más luz que la de la Luna,  las estrellas y la de los cigarros que prenden en las bocas de Edu y Pascualo. A lo lejos las luces de los polígonos nos avisan de que estamos cerca.

-Ya hemos llegado- dice Edu.

Los locales de ensayo se encuentran en un complejo industrial habilitado para que bandas de música amateur desarrollen su afición sin que el ruido de los instrumentos moleste a los vecinos. Su interior alberga claustrofóbicos habitáculos. El propietario del lugar ha borrado la estética industrial de la nave para convertirlo en un santuario del rock. Las paredes están pintadas de un rojo burdel y en una de ellas hay colgado un póster de Los Ramones. Entramos en el local de Edu. Nos enseña la batería, los trajes que luce en cada concierto  y su  guitarra.

La noche se pierde entre largas y tendidas tertulias musicales. Edu toma la guitarra y hace una versión cutre de Me and Bobby Mcgee, de Krystofferson. La canción tiene tan solo tres acordes, pero hacer que voz y guitarra estén bien cuadradas ya es un trabajo bastante difícil.  De vez en cuando olvida la letra, pero lo soluciona improvisando un verso de la canción.

-Pascualo, ¿te aburres? .
-No, qué va. Estoy viviendo el momento, dice.  

Son las dos de la mañana. Tenemos que regresar al mundo real. Pascualo dice que tiene que marchar  a Crevillente a  hacer noche en casa de su madre. No tiene mucho dinero, por lo que decide ir andando desde  Elche.

-Ni se te ocurra Pascualo, replica Edu. Es un camino muy largo. Si te hace falta dinero, te pago un taxi, o, en todo caso, te quedas a dormir a mi casa y mañana te vas. Un taxi no te va a costar más de 10 euros.

Pero Pascualo tiene en su bolsillo 15 y no puede permitirse el lujo de costearse un viaje.

-¿Y cómo sabes que no me van a cobrar más?
-Bueno, pues yo te dejo lo que te falte.
Llegamos a la estación de taxi. El taxista nos dice que llegar a Crevillente cuesta unos 12 euros. 

Intentamos negociar con Pascualo para pagarle parte del viaje, pero al final no ha aceptado el dinero.
-Antes de irme, fumemos un cigarro, dice Pascualo. Nos sentamos en el banco de un parque y allí seguimos hablando.
-¿De verdad que no quieres que te paguemos parte del  viaje? Le pregunto.
-No te preocupes por mí, me espeta Pacualo.
-Pascualo sabe cuidarse solo, ¿no ves que tiene mucho mundo? Explica Edu.

-En un 24 horas se sientan a comer algo, mientras esperamos al taxi que lleve a Pascualo a su destino. No sé si volveremos a vernos.

El coche se aleja. Son las tres de la mañana. Le acompaño hasta su casa mientras pienso en lo que lo que Pascualo me ha dicho. Su estética desaliñada y su vida errante me hacen pensar que mi obligación moral pasa por ayudarle como si de alguien desvalido se tratase; pero a Pascualo le gusta vivir así. Con sus huertos ecológicos, y sus caminatas de noche. ¿Quiénes somos para juzgarlo?

Llegamos al portal de Edu. A él sí espero verlo pronto. Nos despedimos con un buen apretón de manos, y allí, bajo un cielo frío y contaminado ahora más que nunca por las luces de navidad me quedo en una calle solitaria del casco antiguo de Elche.  Reflexiono. Qué bella sería la vida si todos la viviésemos como Pascualo o Edu.

Lástima que el presupuesto de Pascualo no se correspondiera con lo que nos había dicho el taxista. Su viaje en taxi le ha salido más caro.


lunes, 21 de diciembre de 2015

El hombre que influyó en noche preelectoral

 Antes de las elecciones, J. S. decidió influir en la sociedad. ¿Con un discurso previo a la jornada de reflexión? En absoluto. No era propio de su estilo. Lo hizo con lo que tenía: donando toda la recaudación que había conseguido tras horas de espera pidiendo caridad a la Asociación Española Contra el Cáncer.

Es 20 de diciembre y el país decide su futuro en unas elecciones generales muy disputadas. Por la ciudad se percibe la alegría de la gente que, en familia, vestida con traje o con prendas del color del partido al que va a votar, se dirige a su colegio electoral. En las conversaciones se respira la incertidumbre por conocer qué ocurrirá después de los comicios. Sin embargo, como si nada de aquello fuera con él, permanece J., el protagonista de aquella noticia, sentado en la escalinata de la plaza de Santa Lucía de Elche. Mira al frente. Impasible.

—Disculpe, ¿fue usted quien donó toda su recaudación a la Asociación Contra el Cáncer?

—Sí. Pero ¿cómo sabe eso?

—Bueno, su gesto solidario ha salido en la prensa.

—¿Ha salido en la prensa? Vaya, no lo sabía.

J. es de Elche. Hace al menos veinte años que su vida dio un giro por motivos de salud. Vive de una pensión y, según cuenta, reside en una vivienda particular. Decidió apartarse del mundo laboral y aislarse de la gente.

—¿Qué fue lo que le llevó a tener aquel gesto de solidaridad?

—Me preocupa mucho el cáncer. Es importante que se haga algo contra esa enfermedad. Se me hace muy duro ver a los niños sufriendo por eso y, con lo que tenía, quise aportar mi granito de arena.

Según cuenta José, las voluntarias de la asociación quisieron recompensarle con diez euros, una cantidad que rechazó en un primer momento, aunque terminó aceptándola ante la insistencia de las mujeres.

—Me metieron el billete en los bolsillos de la chaqueta. Yo trataba de devolvérselo, pero insistieron tanto que al final tuve que quedármelo.

Estamos en una de las cafeterías más céntricas de la ciudad. A nuestro alrededor, la gente habla de la jornada electoral. Por sus palabras parece percibirse la incertidumbre ante los pactos que, previsiblemente, los partidos se verán obligados a alcanzar. Como si se tratara de un partido de fútbol, hacen sus porras. Algunos apuestan por un acuerdo entre el PP y Ciudadanos; otros, por un pacto entre PSOE, Podemos e IU. Incluso hay quienes hablan ya de una repetición electoral ante la dificultad para alcanzar consensos. Reina la incertidumbre. Es por la mañana y todavía queda mucha jornada electoral por delante. Mientras tanto, J. relata su historia de vida anterior a los años en los que comenzó a pedir por la calle.

—Estuve cerca de veinte años encolando zapatos en una fábrica de calzado, pero desde siempre me gustó el cine. Empecé a grabar con una cámara de Súper 8 cuando era joven. Después escribí un guion que envié a Madrid, pero no me lo aceptaron. Siempre seleccionan a los mismos; no dan oportunidades a nuevos directores.

—¿De qué trataba esa historia?

—Se llamaba El seductor y contaba la vida de un joven muy atractivo que conseguía conquistar a todas las mujeres. Sin embargo, su vida cambia cuando conoce a una chica que lo rechaza y, a partir de ahí, empiezan a suceder muchas cosas.

A J. le gustan las historias de la vida cotidiana. Historias cercanas, capaces de tocar al espectador incluso fuera de la gran pantalla. Siente una profunda admiración por directores como Alejandro Amenábar. Confiesa que Mar adentro es la película que más le ha gustado. También se considera admirador de Steven Spielberg, aunque sostiene que este se ha aprovechado en muchas ocasiones del trabajo de otros directores, como George Lucas.

Pero, para él, el mejor director de la historia del cine es Alfred Hitchcock.

—No habrá nunca una película como Psicosis. Para mí es la mejor de la historia del cine.

—Además del guion, ¿ha realizado otros trabajos relacionados con el cine?

—Hace unos años hice un cortometraje documental sobre el Día de las Aleluyas. Lo presenté a un concurso celebrado en Elche, pero no me lo cogieron. No entiendo por qué a la gente de aquí no se le da más preferencia. Prefieren seleccionar trabajos de fuera antes que los de aquí —expresa con indignación.

—Permítame que le pregunte, ¿ha ido a votar?

—No. No quiero votar. No quiero que mi voto influya...

—Pero se decantará por algún partido.

—Me gusta Pablo Iglesias. Ha llegado hasta ahí por su trabajo. Ha estado cerca de la gente y se lo ha ganado. Otros no pueden decir lo mismo.

—¿Otros?

—Sí. Nunca he votado a la derecha. Siempre he votado a la izquierda. En su momento apoyé a Felipe González. La derecha siempre se ha aprovechado del trabajo de los demás.

Resulta curioso escucharle decir que no quiere influir con su voto, especialmente en un momento en el que, desde los escenarios políticos y los platós de televisión, no deja de hablarse del cambio. Sin embargo, se equivoca si cree que no ha influido con sus decisiones. Porque el día en que depositó toda su recaudación en aquella hucha de la Asociación Española Contra el Cáncer, probablemente influyó mucho más que cualquiera de quienes dominan el arte de los discursos y la retórica.

Mientras tanto, la jornada electoral transcurre con total normalidad. Se acerca la hora de los resultados. Al menos el 75 % de los españoles con derecho a voto habrá influido en el futuro del país. Él ya lo hizo.

jueves, 27 de agosto de 2015

El hombre que soñaba con un boeing 787

Es ese período del mes de julio que convierte a Alicante en un lugar insoportable; ese momento del verano en que el centro de la ciudad ha emigrado a los apartamentos de playa en San Juan o El Campello. Por las calles solo deambulan una clase obrera maldecida por los cuarenta grados a la sombra y turistas desesperados por encontrar una heladería que les permita soportar el calor.

Los ejecutivos andan desaforados porque desean volver a casa. Uno de ellos se quita la chaqueta de trabajo, se remanga la camisa y se afloja la corbata entre resoplidos. Ya se acerca la hora de comer. No se ven muchos turistas extranjeros. De vez en cuando, los camareros de los cafés salen a la terraza, empapados en sudor, para comprobar si los pocos parroquianos que quedan desean algo más.

La administración también echa el cierre. Del edificio de la Diputación de Alicante ya no sale ningún coche oficial, y los agentes de policía que lo custodian ceden el turno a sus compañeros. Estoy sentado en un banco, cerca del edificio provincial, leyendo En el camino, de Jack Kerouac. A mi lado hay un individuo. Su rostro recuerda al de Josef Stalin: bigote espeso y ojos rasgados. Lleva sandalias de dedo, los pies hinchados y la ropa algo desaliñada. Consigo lleva una bolsa donde guarda utensilios de aseo. El individuo se dirige a mí y me extiende un papel.

—Toma. Lee esto.

Se trata de un recorte de la revista Magazine. “Vincent estuvo aquí”, escrito por Felip Vivanco.

Valerio M. Natural de Rumanía. Lleva cuatro años viviendo en España. Tiene 55 años. Durante la era Ceaușescu, trabajaba en una empresa estatal montando motores, pero con la caída del comunismo marchó al bloque occidental en busca de trabajo. Ha viajado por distintos países: Portugal, Francia, Grecia... Ahora, sin embargo, ese sueño de tener una vida mejor se ha truncado con la crisis. Desde que llegó a España, el desempleo lo ha obligado a mendigar y a dormir en las incómodas bancadas de la estación de autobuses de Alicante.

Valerio demuestra su vasta cultura haciendo una lista de los pintores del impresionismo y el postimpresionismo. Me habla de música y literatura. Uno no se explica por qué una persona con tantos conocimientos no ocupa un puesto en un instituto o gana concursos de televisión como Saber y ganar.

—Tiene mucha cultura, por lo que veo.

—Me gusta leer. Cualquier cosa que encuentro: un recorte de revista, un libro… me sirve.

—Ha dicho que es de Rumanía. Supongo que vivió durante el gobierno de Ceaușescu. ¿Cómo fue aquella época para usted?

—No me gustó. Todo el mundo tenía acceso a la vivienda porque eran baratas y el Estado regulaba los precios, pero había mucha escasez. Aquí puedes tener una tablet o un móvil. Allí era impensable tener discos de los Rolling, teléfonos móviles o coches de lujo… Mira ese Mercedes. Bonito, ¿verdad? —dice mientras señala uno que pasa cerca.

Valerio siente un gran amor por la tecnología. Se deja cautivar por cada nueva generación de smartphones que sale al mercado. Me cuenta que en Rumanía trabajaba construyendo motores de neveras en una empresa estatal, la cual le ayudó a desarrollar su profesión de electricista.

—Con los conocimientos que tiene, ¿cómo es que no ha encontrado trabajo en España?

—Porque no hay, y a mi edad es más difícil que me contraten. Yo les digo: “hablo cuatro idiomas”, pero parece que eso no les importa. Además, dormir en la calle no gusta mucho.

—¿Y no tiene nadie que le ayude?

—Estuve en Madrid con mi pareja, pero al no encontrar empleo me fui, porque no quería ser una carga. Se llama Conchita. Ahora está fuera de España.

Valerio me muestra en su móvil una foto de su ex pareja, una española que tuvo que irse a Alemania por trabajo.

—¿Y cómo consigue vivir en la calle?

—Siempre consigo algo de comida por algún lado.

—Tiene los pies muy hinchados, Valerio.

—Eso es de andar todo el día. Pero bueno, antes de dormir suelo darme un masaje para aliviar el dolor.

—¡Qué lástima! Quería proponerle dar una vuelta por la ciudad, pero si le cuesta andar...

—Claro. Vamos. Estoy harto de estar sentado.

Andamos por las calles de Alicante. Nos dirigimos al Corte Inglés de la Avenida Maisonnave. El sol parece ensañarse con la ciudad. Por suerte, dentro hay aire acondicionado.

—Suelo venir aquí. Leo las portadas de las revistas y los periódicos, y me entero de lo que pasa. Además, me entretengo viendo los productos.

—¿Y hace esto todos los días?

—Sí, luego trato de buscar algo de comer, y después voy a la estación de autobuses. La gente suele ser generosa.

Antes de llegar, nos encontramos con una compañera de Valerio. Permanece sentada en una acera, resguardada bajo la techumbre de un gran edificio del centro. No puede andar. Sus pies, como los de Valerio, también están hinchados.

—¿Cómo estás? —pregunta Valerio.

—Bien, pero me duelen mucho los pies.

—¿Has comido algo?

—No, todavía.

—Toma. Para que te compres algo.

Valerio saca dos euros de su bolsillo. La mujer le besa las manos.

—Valerio, ¿cómo puede darle dinero si ni siquiera tiene para usted?

—¿Has visto a esa señora? Bastante tiene con esos pies y no haber comido nada. A ella le hace más falta que a mí.

—¿Y la gente que vive en la calle suele ser como usted?

—En la calle hay mucho cabrón. Nunca te fíes de nadie. Entre ellos no hay generosidad. Yo he ayudado muchas veces, pero luego no te dan nada. Pero a esta señora la conozco y sé que es buena. Un día, si me hace falta algo, sé que me ayudará.

Llegamos al centro comercial. El contraste entre el calor de la calle y el frío del aire acondicionado es brutal. Todo está lleno de gente. En las cafeterías se oyen tazas tintinear y el chirrido de las máquinas de café. El olor a bollería se mezcla con el de los productos nuevos: ropa, maletas, libros. Ese olor que se desvanece cuando los objetos se integran al mobiliario de cada quien. El cambio de aromas se nota aún más al llegar a la sección de belleza. Perfumes y maquillajes dan un toque dulzón al ambiente.

Se acerca una chica y nos ofrece una muestra de perfume de Dolce & Gabbana.

—¿Quieren probar?

Valerio se muestra galante.

—Sí, por favor.

La empleada rocía un poco en su muñeca.

—Me encanta Dolce & Gabbana. Si tuviera dinero, lo compraba. ¿Sabes que eres muy guapa?

La chica se incomoda. Se dirige a mí.

—Está a mitad de precio.

—Lo siento, no tenemos dinero. Quizá en otra ocasión —intervengo.

Seguimos hacia la sección de ropa de caballero. Una dependienta nos pregunta si buscamos algo. Es alta, de pelo muy cardado y ojos azules. Valerio se le acerca:

—Perdona, ¿ese pelo es de verdad?

La chica ríe, sorprendida.

—Sí.

—No me lo creo. Qué salvaje lo tienes. ¿Puedo tocarlo?

La dependienta, desconcertada, accede. Valerio pasa la mano por su cabeza.

—Qué suave. Sí que es tuyo. Yo pensaba que llevabas peluca.

—Pues es mío. ¿De verdad que no buscan nada?

—Bueno, nos vamos. Me has parecido muy guapa. Espero volver a verte.

La chica se despide, aún sorprendida.

—Valerio, veo que es muy atrevido con las mujeres.

—Me gusta hablar con ellas. No entiendo a los jóvenes de ahora, que para ligar tienen que emborracharse. Parece que no les gusta conversar. Con lo bonito que es charlar sin aprovecharse. Hasta para follar. Yo disfruto más sobrio.

Subimos a la sección de electrodomésticos. Como un niño en un parque de atracciones, Valerio disfruta con los aparatos. Radios, iPods, ordenadores… todo de última generación.

—Mira qué maravilla esa tablet.

El centro permite probar los productos. Nos acercamos a una tableta de muestra.

—Te quiero enseñar algo. Busca en YouTube: “Dreamliner 787”.

Seleccionamos el primer video. Es un promocional del Boeing.

—Es un nuevo prototipo capaz de despegar en vertical. Increíble lo que puede lograr el hombre. Mira esas tablets, los móviles. Cada vez son mejores. Si ya hemos hecho esto, imagina lo que vendrá.

Me enseña un teléfono de diseño inalámbrico.

—Qué preciosidad… —dice, fascinado.

—Vamos a descansar un rato.

Salimos. La puerta mecánica se abre y nos golpea el calor alicantino. Nos sentamos frente al centro comercial. Hablamos de mujeres. Cada una que pasa, Valerio la observa y me dice lo guapa que es. De vez en cuando, entre frase y frase, cabecea y se duerme.

Despierta sobresaltado.

—Perdona si me duermo. Entre el calor y el cansancio...

Cuando se siente mejor, seguimos caminando. Me acompaña hasta la estación de Luceros. En la entrada, una voz lo llama. Es Manuel, un compatriota que también duerme en la calle. Hablan en rumano. Manuel había perdido un billete a Rumanía, donde gastó todos sus ahorros. La empresa no le reponía otro.

—Ahora todo está informatizado, deberían tener registros. —me dice Valerio, indignado.

Se despiden. Valerio le desea suerte.

—Si viene el guardia, di que vas conmigo. Aquí me conocen. Si me ven contigo, no me dicen nada.

A veces lo han expulsado por intentar dormir en los bancos de la estación.

—Valerio, ¿cómo se vive esa incertidumbre de no saber qué comer o dónde dormir?

—Al final te acostumbras. Es lo único que puedes hacer. Procuro no aburrirme. Hoy, por ejemplo, he estado contigo. ¿Mañana? No lo sé.

El tren hace rato que ha llegado. Llegamos a la cinta de equipajes. Allí nos despedimos. Le deseo suerte, y que pueda despegar de su situación tan rápido y alto como ese Boeing Dreamliner 787 que tanto le entusiasma.


sábado, 15 de agosto de 2015

Partida de chinchón en el Raval d'Elx

Angelita vive en la planta baja de una casa que hace esquina en el Raval de Elche. La mujer lleva gastados ochenta y seis calendarios, viuda y antigua "llauraora" del Camp d'Elx. Desde hace treinta primaveras Angelita acoge en su casa a un grupo de amigas de su quinta para agotar las horas vespertinas jugando al julepe o al chinchón.
Rosa Antón, una de las compañeras de este casino doméstico elige este sitio para jugar porque "está muy cerca de casa, la compañía es buena, gasto muy poco y me entretengo", dice.

Las seis de la tarde. Tres señoras. Dos de ellas cumplen con el ritual lúdico de todos los días. Mientras, la tercera descansa en una mecedora tapizada con una funda de flores. La habitación es una sala de estar decorada con cierto aire retrospectivo: cubiertas de ganchillo, flores de plástico, retratos de niños de primera comunión y cortinas de ajuar. Un gran ventanal ilumina toda la estancia, pero la vista cansada de las señoras necesita reposar con la ayuda de una lámpara de techo. Sus rostros se iluminan dejando ver en sus frentes el paso de los años. Un tapete azul corona la mesa donde Angelita y Rosa apuestan sus veinte céntimos diarios al chinchón.

Angelita reparte las cartas y da comienzo la partida. "Mira, yo, bola", dice ella, "yo tres", responde su compañera. Angelita gana la mano, saca su viejo monedero y guarda su premio. Seguidamente, un ronquido de la tercera mujer irrumpe en el juego. Las dos señoras la miran durante un instante. "Xe, i quin ronquit", añade Angelita. La dormilona es Ángela. Tiene 94 años y la costumbre de echar una cabezada cuando el grupo de amigas se reúne. Su propio ronquido la despierta, mira hacia los lados y vuelve a caer en las garras de Morfeo. Angelita ríe y apunta el tanto. Esta vez le toca barajar a Rosa.

Así son las tardes para este grupo de vecinos del Raval de Elche. De vez en cuando, la propietaria del inmueble invita a sus amigos a una merendola. La sala de estar también se convierte en un lugar de tertulia donde los vecinos charlan sobre la cotidianidad del día, los recuerdos de una niñez marcada por el hambre y la miseria, y las cicatrices de una azada gastada por el esfuerzo de largos años de trabajo, pero también por las coplas de Juanito Valderrama, el olor a tierra mojada y la voz ronca después de noches de fiesta entonando la tradicional canción ilicitana "Venim de la mar". La casa de Angelita está abierta a todos. "Aquí, honradamente, entra todo el mundo", expresa.

martes, 23 de abril de 2013

Los amigos del “Cutre”

"El Cutre" es un lugar de encuentro para los jóvenes alternativos ilicitanos. Así es como llaman a un recoveco situado junto a la entrada del Parque Municipal de Elche. El sitio recuerda a uno de esos escenarios pintados por Botticelli, en los que una Venus pudorosa esconde su fruto más sagrado y tres Gracias bailan al unísono, enredadas por la Madre Naturaleza.

Allí, los chavales se tumban en el césped y gastan su tiempo de juventud bebiendo batidos y tinto de verano, zampando comida basura, fumando —de vez en cuando, el olor a marihuana puede cruzarse entre los sentidos de un viandante que pasa por allí— o haciendo piruetas casi profesionales con sus monopatines. Sus vestimentas rompen con el atuendo convencional de los paseantes: camisetas negras de grupos como Misfits o Cannibal Corpse, pantalones pitillo o bermudas a cuadros. Algunos optan por lucir una melena; otros se atreven con cortes sofisticados, combinando cresta y tinte.

Todos se conocen. Por eso, siempre encuentran algún amigo con quien conversar sobre ligues, drogas, política o música. Permanecen allí como si se tratara de uno de esos asentamientos indios que aparecen en las películas de John Ford. Una chica solitaria apoya su espalda en una palmera mientras bebe su batido de chocolate. A su lado, una pareja muestra lo mucho que se ama y un corro de jóvenes se sienta en el suelo, apoyado en una pared cubierta de hiedra. Comparten los últimos calos de un canuto. Como niños, disfrutan de su tiempo libre, ahora que las vacaciones de verano lo permiten.

Pronto se forma otro grupo. Al llegar, cada uno realiza su saludo pactado: un choque de manos y nudillos, seguido de un fuerte abrazo y una palmada en la espalda.

—¿Qué haces, mierda? —dice Arturo cariñosamente a su camarada Cristian.

Arturo estudia un módulo de administración de empresas. Su mayor pasión es la música, una afición que satisface tocando el bajo en distintos conjuntos musicales. Después del amistoso ritual de bienvenida, forman un círculo y se miran impasibles.

—Bueno, ¿y ahora qué hacemos? —dice Cristian.

—Pues no lo sé... ¿Alguien tiene un cigarro?

Todos niegan.

Cristian dice tener diez céntimos, pero la pequeña recaudación no da ni para medio pito.

—Joder, me lo he gastado todo en las putas patatas —apunta.

A continuación, llega David. Es tatuador. Muchos de los jóvenes que frecuentan el Cutre han pasado por sus manos. Él también dice haberse pulido la manteca comprando una litrona en un 24 horas. El calor húmedo de una tarde de verano ilicitano la ha convertido en puro orín de gato. Cuando llega al Cutre, tiene los ojos entreabiertos y la boca pastosa.

—Venga, vamos a pedir tabaco a alguien —propone Pablo.

Los chavales preguntan a algún conocido del Cutre por un cigarro, pero todos están igual: sin dinero, sin tabaco y sin saldo en el móvil.

Al no encontrar lo que buscan, deciden adentrarse en la frondosidad del Parque Municipal. Se rifan el turno para pedir el ansiado cigarrillo. Aprovechan la tesitura para ligar con las chicas que pasean por el jardín, una misión que la mayoría de veces acaba en fracaso. Lo habitual es que se queden sin su dosis y sin el número de la joven.

La travesía recorre todo el parque. Se detienen en un punto donde encuentran a otro colega en bicicleta.

—Voy para casa —dice—. Acabo de estar en la de Javi echando una partida a la Play. ¿Vosotros qué hacéis?

—Estamos buscando un cigarro.

—Putos acabados... —dice mientras dobla el manillar para marcharse—. Bueno, me voy. Ya nos vemos.

Los chavales miran la estela de polvo que deja su amigo y continúan con su aventura. Se detienen en un estanque de patos. Las aguas son verdes y no hay ni rastro de ningún ánade. Siguen su peregrinación. Ahora bajan por las terrazas fluviales del río Vinalopó. El lugar está lleno de jóvenes sentados en bancos. En cada grupo se cuentan distintas historias: tres jóvenes de estética rastafari observan a un cuarto tocando la guitarra, dos chicas hablan sobre un tal Carlos y otros practican parkour, un deporte urbano que consiste en sortear obstáculos por la ciudad.

Arturo frena al grupo.

—Un momento, ¿qué coño hacemos aquí? ¿Vamos a dar vueltas por todo el parque?

Todos ríen.

—Volvamos al Cutre —dice David.

Dan un rodeo por el jardín municipal y se topan con dos chicas.

—Perdonad, ¿tenéis un cigarro? —pregunta el de la cogorza de cerveza calentorra.

Las chicas siguen andando sin mirarlos. Los han escuchado, pero hacen oídos sordos porque conocen de sobra sus intenciones de ligar.

Los muchachos, tras reiterados fracasos en la consecución de su vicioso premio, deciden cambiar de rumbo y dirigirse a un lugar con más movimiento. La Plaza de Santa María les parece adecuada.

Allí, bajo los arcos de un edificio, se sientan y dejan que se consuma lo poco que queda de tarde. Los skaters grindan y sacuden sus monopatines contra el suelo. Las chicas, con sus falditas cortas, pasean delante de ellos dejando un dulce reguero a perfume. Las terrazas de los bares aguardan a turistas ingleses atraídos por el reclamo de la caña y tapa, mientras un grupo de niños dispara un balón con fuerza contra los robustos muros de la Basílica de Santa María.

Los muchachos contemplan, como gorriones, el escenario urbano bajo la sombría techumbre del edificio.

—Esto es lo que muchas veces solemos hacer —dice Arturo.

Permanecen en silencio, mirando hacia la plaza, salvo David y Pablo, que discuten sobre cine.

—Pues hay niños que no entienden la película de Wall·E… tiene un trasfondo —expresa David.

Pablo toca el bolsillo más pequeño de su mochila.

—¡Ostras, no me había dado cuenta! Tengo tabaco de liar aquí.

Estos reprenden a su compadre. Lían uno y lo comparten. Ya se encienden las farolas de la plaza: es el aviso de que la tarde llega a su fin. Han conseguido arreglar lo poco que quedaba de ella. Objetivo conseguido.