miércoles, 6 de enero de 2016

Taxis y caminos tortuosos para bohemios

En una cafetería de Elche, Edu habla de cine y música. Es increíble la cultura que tiene. Cantante en dos grupos de versiones,  Ruta 69 y The Crooners. Cuando la música todavía daba oportunidades para pagar el alquiler y ducharse todos los días con agua caliente, se atrevió a desempolvar a la Generación Beat componiendo sus propios temas en The Hippie Monks. Hoy, sin embargo, es un gigante atrapado en un mundo donde el músico se “vende por tocar en garitos cada sábado noche por 300 euros” como él dice.  Sinceramente, creo que Edu no es de esta época. Si un día inventan la máquina del tiempo, seguramente viajaría a  los 60, tomaría  LSD, llenaría salas,  probaría suerte con algún Phil Spector, o estaría dando la tabarra  por una noche de bolo en el Whisky Bar.  

Al encuentro falta por llegar Pascualo, uno de los amigos de Edu. Se trata de un personaje entrañable. Un bohemio de esos  que sabe vivir la vida dejando a un lado el peso de la rutina y las obligaciones que nos acuña la cultura occidental. Persona de pocas palabras, pero el mundo que tiene grabado en la suela de  sus zapatos no tiene límites. Ha viajado a miles de sitios y conocido a todo tipo de personas. Hasta hace unos días, había estado en Málaga, trabajando en un huerto ecológico. Consigo lleva una bolsa en la que guarda un fuelle de chimenea y un guatero.  
-Pascualo, ¿nos vamos a mi local de ensayo? 
-Vale, pero ¿dónde está?
-Pasando la carretera de León. Es un pateo grande, la verdad.

La caminata no es el problema, sino el tortuoso camino que hemos de cruzar para llegar hasta aquel rincón olvidado ; viejas naves abandonadas, barbechos incultos y basura por todos los rincones. Nos adentramos en la oscuridad de la noche. Las luces de la ciudad se alejan a cada paso que damos y la travesía mal asfaltada por la que pasamos se hace más estrecha.  Andamos a oscuras sin chaleco reflectante y sin más luz que la de la Luna,  las estrellas y la de los cigarros que prenden en las bocas de Edu y Pascualo. A lo lejos las luces de los polígonos nos avisan de que estamos cerca.

-Ya hemos llegado- dice Edu.

Los locales de ensayo se encuentran en un complejo industrial habilitado para que bandas de música amateur desarrollen su afición sin que el ruido de los instrumentos moleste a los vecinos. Su interior alberga claustrofóbicos habitáculos. El propietario del lugar ha borrado la estética industrial de la nave para convertirlo en un santuario del rock. Las paredes están pintadas de un rojo burdel y en una de ellas hay colgado un póster de Los Ramones. Entramos en el local de Edu. Nos enseña la batería, los trajes que luce en cada concierto  y su  guitarra.

La noche se pierde entre largas y tendidas tertulias musicales. Edu toma la guitarra y hace una versión cutre de Me and Bobby Mcgee, de Krystofferson. La canción tiene tan solo tres acordes, pero hacer que voz y guitarra estén bien cuadradas ya es un trabajo bastante difícil.  De vez en cuando olvida la letra, pero lo soluciona improvisando un verso de la canción.

-Pascualo, ¿te aburres? .
-No, qué va. Estoy viviendo el momento, dice.  

Son las dos de la mañana. Tenemos que regresar al mundo real. Pascualo dice que tiene que marchar  a Crevillente a  hacer noche en casa de su madre. No tiene mucho dinero, por lo que decide ir andando desde  Elche.

-Ni se te ocurra Pascualo, replica Edu. Es un camino muy largo. Si te hace falta dinero, te pago un taxi, o, en todo caso, te quedas a dormir a mi casa y mañana te vas. Un taxi no te va a costar más de 10 euros.

Pero Pascualo tiene en su bolsillo 15 y no puede permitirse el lujo de costearse un viaje.

-¿Y cómo sabes que no me van a cobrar más?
-Bueno, pues yo te dejo lo que te falte.
Llegamos a la estación de taxi. El taxista nos dice que llegar a Crevillente cuesta unos 12 euros. 

Intentamos negociar con Pascualo para pagarle parte del viaje, pero al final no ha aceptado el dinero.
-Antes de irme, fumemos un cigarro, dice Pascualo. Nos sentamos en el banco de un parque y allí seguimos hablando.
-¿De verdad que no quieres que te paguemos parte del  viaje? Le pregunto.
-No te preocupes por mí, me espeta Pacualo.
-Pascualo sabe cuidarse solo, ¿no ves que tiene mucho mundo? Explica Edu.

-En un 24 horas se sientan a comer algo, mientras esperamos al taxi que lleve a Pascualo a su destino. No sé si volveremos a vernos.

El coche se aleja. Son las tres de la mañana. Le acompaño hasta su casa mientras pienso en lo que lo que Pascualo me ha dicho. Su estética desaliñada y su vida errante me hacen pensar que mi obligación moral pasa por ayudarle como si de alguien desvalido se tratase; pero a Pascualo le gusta vivir así. Con sus huertos ecológicos, y sus caminatas de noche. ¿Quiénes somos para juzgarlo?

Llegamos al portal de Edu. A él sí espero verlo pronto. Nos despedimos con un buen apretón de manos, y allí, bajo un cielo frío y contaminado ahora más que nunca por las luces de navidad me quedo en una calle solitaria del casco antiguo de Elche.  Reflexiono. Qué bella sería la vida si todos la viviésemos como Pascualo o Edu.

Lástima que el presupuesto de Pascualo no se correspondiera con lo que nos había dicho el taxista. Su viaje en taxi le ha salido más caro.


lunes, 21 de diciembre de 2015

El hombre que influyó en noche preelectoral

 Antes de las elecciones, J. S. decidió influir en la sociedad. ¿Con un discurso previo a la jornada de reflexión? En absoluto. No era propio de su estilo. Lo hizo con lo que tenía: donando toda la recaudación que había conseguido tras horas de espera pidiendo caridad a la Asociación Española Contra el Cáncer.

Es 20 de diciembre y el país decide su futuro en unas elecciones generales muy disputadas. Por la ciudad se percibe la alegría de la gente que, en familia, vestida con traje o con prendas del color del partido al que va a votar, se dirige a su colegio electoral. En las conversaciones se respira la incertidumbre por conocer qué ocurrirá después de los comicios. Sin embargo, como si nada de aquello fuera con él, permanece J., el protagonista de aquella noticia, sentado en la escalinata de la plaza de Santa Lucía de Elche. Mira al frente. Impasible.

—Disculpe, ¿fue usted quien donó toda su recaudación a la Asociación Contra el Cáncer?

—Sí. Pero ¿cómo sabe eso?

—Bueno, su gesto solidario ha salido en la prensa.

—¿Ha salido en la prensa? Vaya, no lo sabía.

J. es de Elche. Hace al menos veinte años que su vida dio un giro por motivos de salud. Vive de una pensión y, según cuenta, reside en una vivienda particular. Decidió apartarse del mundo laboral y aislarse de la gente.

—¿Qué fue lo que le llevó a tener aquel gesto de solidaridad?

—Me preocupa mucho el cáncer. Es importante que se haga algo contra esa enfermedad. Se me hace muy duro ver a los niños sufriendo por eso y, con lo que tenía, quise aportar mi granito de arena.

Según cuenta José, las voluntarias de la asociación quisieron recompensarle con diez euros, una cantidad que rechazó en un primer momento, aunque terminó aceptándola ante la insistencia de las mujeres.

—Me metieron el billete en los bolsillos de la chaqueta. Yo trataba de devolvérselo, pero insistieron tanto que al final tuve que quedármelo.

Estamos en una de las cafeterías más céntricas de la ciudad. A nuestro alrededor, la gente habla de la jornada electoral. Por sus palabras parece percibirse la incertidumbre ante los pactos que, previsiblemente, los partidos se verán obligados a alcanzar. Como si se tratara de un partido de fútbol, hacen sus porras. Algunos apuestan por un acuerdo entre el PP y Ciudadanos; otros, por un pacto entre PSOE, Podemos e IU. Incluso hay quienes hablan ya de una repetición electoral ante la dificultad para alcanzar consensos. Reina la incertidumbre. Es por la mañana y todavía queda mucha jornada electoral por delante. Mientras tanto, J. relata su historia de vida anterior a los años en los que comenzó a pedir por la calle.

—Estuve cerca de veinte años encolando zapatos en una fábrica de calzado, pero desde siempre me gustó el cine. Empecé a grabar con una cámara de Súper 8 cuando era joven. Después escribí un guion que envié a Madrid, pero no me lo aceptaron. Siempre seleccionan a los mismos; no dan oportunidades a nuevos directores.

—¿De qué trataba esa historia?

—Se llamaba El seductor y contaba la vida de un joven muy atractivo que conseguía conquistar a todas las mujeres. Sin embargo, su vida cambia cuando conoce a una chica que lo rechaza y, a partir de ahí, empiezan a suceder muchas cosas.

A J. le gustan las historias de la vida cotidiana. Historias cercanas, capaces de tocar al espectador incluso fuera de la gran pantalla. Siente una profunda admiración por directores como Alejandro Amenábar. Confiesa que Mar adentro es la película que más le ha gustado. También se considera admirador de Steven Spielberg, aunque sostiene que este se ha aprovechado en muchas ocasiones del trabajo de otros directores, como George Lucas.

Pero, para él, el mejor director de la historia del cine es Alfred Hitchcock.

—No habrá nunca una película como Psicosis. Para mí es la mejor de la historia del cine.

—Además del guion, ¿ha realizado otros trabajos relacionados con el cine?

—Hace unos años hice un cortometraje documental sobre el Día de las Aleluyas. Lo presenté a un concurso celebrado en Elche, pero no me lo cogieron. No entiendo por qué a la gente de aquí no se le da más preferencia. Prefieren seleccionar trabajos de fuera antes que los de aquí —expresa con indignación.

—Permítame que le pregunte, ¿ha ido a votar?

—No. No quiero votar. No quiero que mi voto influya...

—Pero se decantará por algún partido.

—Me gusta Pablo Iglesias. Ha llegado hasta ahí por su trabajo. Ha estado cerca de la gente y se lo ha ganado. Otros no pueden decir lo mismo.

—¿Otros?

—Sí. Nunca he votado a la derecha. Siempre he votado a la izquierda. En su momento apoyé a Felipe González. La derecha siempre se ha aprovechado del trabajo de los demás.

Resulta curioso escucharle decir que no quiere influir con su voto, especialmente en un momento en el que, desde los escenarios políticos y los platós de televisión, no deja de hablarse del cambio. Sin embargo, se equivoca si cree que no ha influido con sus decisiones. Porque el día en que depositó toda su recaudación en aquella hucha de la Asociación Española Contra el Cáncer, probablemente influyó mucho más que cualquiera de quienes dominan el arte de los discursos y la retórica.

Mientras tanto, la jornada electoral transcurre con total normalidad. Se acerca la hora de los resultados. Al menos el 75 % de los españoles con derecho a voto habrá influido en el futuro del país. Él ya lo hizo.

jueves, 27 de agosto de 2015

El hombre que soñaba con un boeing 787

Es ese período del mes de julio que convierte a Alicante en un lugar insoportable; ese momento del verano en que el centro de la ciudad ha emigrado a los apartamentos de playa en San Juan o El Campello. Por las calles solo deambulan una clase obrera maldecida por los cuarenta grados a la sombra y turistas desesperados por encontrar una heladería que les permita soportar el calor.

Los ejecutivos andan desaforados porque desean volver a casa. Uno de ellos se quita la chaqueta de trabajo, se remanga la camisa y se afloja la corbata entre resoplidos. Ya se acerca la hora de comer. No se ven muchos turistas extranjeros. De vez en cuando, los camareros de los cafés salen a la terraza, empapados en sudor, para comprobar si los pocos parroquianos que quedan desean algo más.

La administración también echa el cierre. Del edificio de la Diputación de Alicante ya no sale ningún coche oficial, y los agentes de policía que lo custodian ceden el turno a sus compañeros. Estoy sentado en un banco, cerca del edificio provincial, leyendo En el camino, de Jack Kerouac. A mi lado hay un individuo. Su rostro recuerda al de Josef Stalin: bigote espeso y ojos rasgados. Lleva sandalias de dedo, los pies hinchados y la ropa algo desaliñada. Consigo lleva una bolsa donde guarda utensilios de aseo. El individuo se dirige a mí y me extiende un papel.

—Toma. Lee esto.

Se trata de un recorte de la revista Magazine. “Vincent estuvo aquí”, escrito por Felip Vivanco.

Valerio M. Natural de Rumanía. Lleva cuatro años viviendo en España. Tiene 55 años. Durante la era Ceaușescu, trabajaba en una empresa estatal montando motores, pero con la caída del comunismo marchó al bloque occidental en busca de trabajo. Ha viajado por distintos países: Portugal, Francia, Grecia... Ahora, sin embargo, ese sueño de tener una vida mejor se ha truncado con la crisis. Desde que llegó a España, el desempleo lo ha obligado a mendigar y a dormir en las incómodas bancadas de la estación de autobuses de Alicante.

Valerio demuestra su vasta cultura haciendo una lista de los pintores del impresionismo y el postimpresionismo. Me habla de música y literatura. Uno no se explica por qué una persona con tantos conocimientos no ocupa un puesto en un instituto o gana concursos de televisión como Saber y ganar.

—Tiene mucha cultura, por lo que veo.

—Me gusta leer. Cualquier cosa que encuentro: un recorte de revista, un libro… me sirve.

—Ha dicho que es de Rumanía. Supongo que vivió durante el gobierno de Ceaușescu. ¿Cómo fue aquella época para usted?

—No me gustó. Todo el mundo tenía acceso a la vivienda porque eran baratas y el Estado regulaba los precios, pero había mucha escasez. Aquí puedes tener una tablet o un móvil. Allí era impensable tener discos de los Rolling, teléfonos móviles o coches de lujo… Mira ese Mercedes. Bonito, ¿verdad? —dice mientras señala uno que pasa cerca.

Valerio siente un gran amor por la tecnología. Se deja cautivar por cada nueva generación de smartphones que sale al mercado. Me cuenta que en Rumanía trabajaba construyendo motores de neveras en una empresa estatal, la cual le ayudó a desarrollar su profesión de electricista.

—Con los conocimientos que tiene, ¿cómo es que no ha encontrado trabajo en España?

—Porque no hay, y a mi edad es más difícil que me contraten. Yo les digo: “hablo cuatro idiomas”, pero parece que eso no les importa. Además, dormir en la calle no gusta mucho.

—¿Y no tiene nadie que le ayude?

—Estuve en Madrid con mi pareja, pero al no encontrar empleo me fui, porque no quería ser una carga. Se llama Conchita. Ahora está fuera de España.

Valerio me muestra en su móvil una foto de su ex pareja, una española que tuvo que irse a Alemania por trabajo.

—¿Y cómo consigue vivir en la calle?

—Siempre consigo algo de comida por algún lado.

—Tiene los pies muy hinchados, Valerio.

—Eso es de andar todo el día. Pero bueno, antes de dormir suelo darme un masaje para aliviar el dolor.

—¡Qué lástima! Quería proponerle dar una vuelta por la ciudad, pero si le cuesta andar...

—Claro. Vamos. Estoy harto de estar sentado.

Andamos por las calles de Alicante. Nos dirigimos al Corte Inglés de la Avenida Maisonnave. El sol parece ensañarse con la ciudad. Por suerte, dentro hay aire acondicionado.

—Suelo venir aquí. Leo las portadas de las revistas y los periódicos, y me entero de lo que pasa. Además, me entretengo viendo los productos.

—¿Y hace esto todos los días?

—Sí, luego trato de buscar algo de comer, y después voy a la estación de autobuses. La gente suele ser generosa.

Antes de llegar, nos encontramos con una compañera de Valerio. Permanece sentada en una acera, resguardada bajo la techumbre de un gran edificio del centro. No puede andar. Sus pies, como los de Valerio, también están hinchados.

—¿Cómo estás? —pregunta Valerio.

—Bien, pero me duelen mucho los pies.

—¿Has comido algo?

—No, todavía.

—Toma. Para que te compres algo.

Valerio saca dos euros de su bolsillo. La mujer le besa las manos.

—Valerio, ¿cómo puede darle dinero si ni siquiera tiene para usted?

—¿Has visto a esa señora? Bastante tiene con esos pies y no haber comido nada. A ella le hace más falta que a mí.

—¿Y la gente que vive en la calle suele ser como usted?

—En la calle hay mucho cabrón. Nunca te fíes de nadie. Entre ellos no hay generosidad. Yo he ayudado muchas veces, pero luego no te dan nada. Pero a esta señora la conozco y sé que es buena. Un día, si me hace falta algo, sé que me ayudará.

Llegamos al centro comercial. El contraste entre el calor de la calle y el frío del aire acondicionado es brutal. Todo está lleno de gente. En las cafeterías se oyen tazas tintinear y el chirrido de las máquinas de café. El olor a bollería se mezcla con el de los productos nuevos: ropa, maletas, libros. Ese olor que se desvanece cuando los objetos se integran al mobiliario de cada quien. El cambio de aromas se nota aún más al llegar a la sección de belleza. Perfumes y maquillajes dan un toque dulzón al ambiente.

Se acerca una chica y nos ofrece una muestra de perfume de Dolce & Gabbana.

—¿Quieren probar?

Valerio se muestra galante.

—Sí, por favor.

La empleada rocía un poco en su muñeca.

—Me encanta Dolce & Gabbana. Si tuviera dinero, lo compraba. ¿Sabes que eres muy guapa?

La chica se incomoda. Se dirige a mí.

—Está a mitad de precio.

—Lo siento, no tenemos dinero. Quizá en otra ocasión —intervengo.

Seguimos hacia la sección de ropa de caballero. Una dependienta nos pregunta si buscamos algo. Es alta, de pelo muy cardado y ojos azules. Valerio se le acerca:

—Perdona, ¿ese pelo es de verdad?

La chica ríe, sorprendida.

—Sí.

—No me lo creo. Qué salvaje lo tienes. ¿Puedo tocarlo?

La dependienta, desconcertada, accede. Valerio pasa la mano por su cabeza.

—Qué suave. Sí que es tuyo. Yo pensaba que llevabas peluca.

—Pues es mío. ¿De verdad que no buscan nada?

—Bueno, nos vamos. Me has parecido muy guapa. Espero volver a verte.

La chica se despide, aún sorprendida.

—Valerio, veo que es muy atrevido con las mujeres.

—Me gusta hablar con ellas. No entiendo a los jóvenes de ahora, que para ligar tienen que emborracharse. Parece que no les gusta conversar. Con lo bonito que es charlar sin aprovecharse. Hasta para follar. Yo disfruto más sobrio.

Subimos a la sección de electrodomésticos. Como un niño en un parque de atracciones, Valerio disfruta con los aparatos. Radios, iPods, ordenadores… todo de última generación.

—Mira qué maravilla esa tablet.

El centro permite probar los productos. Nos acercamos a una tableta de muestra.

—Te quiero enseñar algo. Busca en YouTube: “Dreamliner 787”.

Seleccionamos el primer video. Es un promocional del Boeing.

—Es un nuevo prototipo capaz de despegar en vertical. Increíble lo que puede lograr el hombre. Mira esas tablets, los móviles. Cada vez son mejores. Si ya hemos hecho esto, imagina lo que vendrá.

Me enseña un teléfono de diseño inalámbrico.

—Qué preciosidad… —dice, fascinado.

—Vamos a descansar un rato.

Salimos. La puerta mecánica se abre y nos golpea el calor alicantino. Nos sentamos frente al centro comercial. Hablamos de mujeres. Cada una que pasa, Valerio la observa y me dice lo guapa que es. De vez en cuando, entre frase y frase, cabecea y se duerme.

Despierta sobresaltado.

—Perdona si me duermo. Entre el calor y el cansancio...

Cuando se siente mejor, seguimos caminando. Me acompaña hasta la estación de Luceros. En la entrada, una voz lo llama. Es Manuel, un compatriota que también duerme en la calle. Hablan en rumano. Manuel había perdido un billete a Rumanía, donde gastó todos sus ahorros. La empresa no le reponía otro.

—Ahora todo está informatizado, deberían tener registros. —me dice Valerio, indignado.

Se despiden. Valerio le desea suerte.

—Si viene el guardia, di que vas conmigo. Aquí me conocen. Si me ven contigo, no me dicen nada.

A veces lo han expulsado por intentar dormir en los bancos de la estación.

—Valerio, ¿cómo se vive esa incertidumbre de no saber qué comer o dónde dormir?

—Al final te acostumbras. Es lo único que puedes hacer. Procuro no aburrirme. Hoy, por ejemplo, he estado contigo. ¿Mañana? No lo sé.

El tren hace rato que ha llegado. Llegamos a la cinta de equipajes. Allí nos despedimos. Le deseo suerte, y que pueda despegar de su situación tan rápido y alto como ese Boeing Dreamliner 787 que tanto le entusiasma.